miércoles, 14 de mayo de 2014

Capítulo quince: Un poema.

Me sentía libre por fin. Salí de casa a las cinco y media, arreglada. Llevaba puesto un vestido de leopardo que me llegaba justo por el borde de la ropa interior y unos zapatos negros de tacón. Odiaba ésa ropa, odiaba ponerme bonita, porque más que bonita me sentía como una pieza sin encajar, como si te cruzaras por la calle con un político disfrazado de payaso. Y ahí estaba yo, en la puerta de mi casa, caminando directa, decidida hacia Julián.

Me miro en el espejo un segundo antes de salir de casa, para asegurarme de que todo esté bien dentro de lo que cabe.
Examino mi cara y mi cuerpo con detenimiento.
Tengo un rostro redondo con una nariz larga, unas cuantas pecas repartidas por la nariz y debajo de los ojos, y mis ojos son de un color marrón intenso. El pelo me cae a un lado de la cara, negro como el carbón, liso. Me llega hasta los pechos, y por detrás hasta lo más bajo de la espalda. "Y que tienes un antojo en lo más bajo de la espalda donde pierdo la memoria" dice Melendi en una de sus canciones. Yo no tengo un buen culo, ni unos pechos demasiado grandes. Estoy delgada, aunque tengo un poco de tripa. Soy una chica alta. Salgo de casa tras lanzarle una última sonrisa a mi reflejo.
Está esperándome fuera, sonriente.
Camino hacia él.
Nos damos dos besos en las mejillas.
-¿A dónde quieres que vayamos?- Me pregunta él, tendiéndome un casco.
-No conozco nada de aquí, excepto la playa del Socorro y el mercado, y no quiero volver.
-Tengo una idea, ¿te apetece que vayamos al muelle?
-Donde sea, Julián.- Dije, subiéndome a la moto, detrás de él.

En mi cabeza sonaba la letra de una canción de Melendi; "Autofotos".
Hace tiempo que te observo; un día más del que te quiero, mujer.
Ojalá alguien me observara ahora, ahora que tan insegura y rota estoy. 
Ojalá fuese él quien volviera a observarme como lo hizo aquel verano.
Ojalá volviese a ocurrir todo, sin perder en la batalla del amor.

-¿Dónde estamos?- Pregunto, impresionada por la belleza del lugar.
Estamos en un camino de tierra, subidos a la moto, y a ambos lados se extiende una especie de jardín enorme de rosas. Las hay de todos los colores. El sol cae sobre nosotros. Es un sitio precioso, con sus montañas de fondo y el cielo azul y sin nubes.
-¿Dónde estamos?- Repito, por si él no me ha entendido, boquiabierta.
-Siempre que necesito inspirarme visito éste lugar. No sé cómo se llama, sólo sé que está apartado de todo, yo lo llamo "El jardín de los amores imposibles", pues aquí han nacido varias de las historias que escribo.
-¿Escribes?
-Es mi mayor afición, escribir, observar el mundo desde mis ojos, ponerme en los zapatos de otra persona.
-¿Sólo narrativa?
-Poesía también a veces. Depende de la musa.
-¿Sabrías recitarme alguna de memoria?- Pregunto, interesada.
-Por éso te he traído aquí. Quería que escucharas algo que anoche escribí... Para ti.- Dice él, sacándose un papel del bolsillo y sonrojándose.
-Seré caricia en tu piel, seré un beso dulce, seré el sabor de la miel, no una despedida agridulce...- Comienza él.
Esto no está bien, pienso.
-¿Qué hora es?- Pregunto, nerviosa.
Él me mira y entiende que estoy incómoda.
-Ah, que tú no...- Murmura él.
Que tú no sientes lo mismo, termino la frase yo en mi cabeza.
Yo niego con la cabeza. Estoy a punto de llorar.
-Te llevo a casa.- Dice.
-Quedémonos, por favor. Ven, paseemos.



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