lunes, 26 de mayo de 2014

Capítulo diecisiete:

Y juntos paseamos durante un rato, me divertí bastante. El jardín de los amores imposibles es un sitio que cualquiera debería de visitar, lo recomiendo, pero siempre en buena compañía. Después él me acompañó a casa. Me gustaba ése chico. Julián me hacía sentir especial, querida. Me sentí agobiada, por éso no quise que recitara ése poema que escribió para mí, y nunca se lo expliqué. Después ocurrieron cientos de cosas más, y acabamos regresando de vez en cuando a ése lugar, pero son cosas que debo de contarte poco a poco. Porque también estaba Carlos. Y también Aitor. Y todo fue un lío, e indecisión por todos lados. Primero quiero contarte lo que ocurrió cuando me despedí de Julián.

-Ya hemos llegado.- Dice él y me bajo de la moto, y él también.
-Quería preguntarte algo.- Dice, deteniéndome.
Yo me giro, esperando su pregunta.
-¿No te gusto?
-No es éso, Julián...
-¿Por qué eres tan complicada?
-La verdad es que... Lo siento.
Se acerca lentamente a mí, y yo estoy a punto de romper a llorar, y no entiendo por qué.
-¿Te has enamorado alguna vez?- Me pregunta, cerca de mí.
Estamos parados, uno frente al otro, al lado de la valla de mi casa.
-No lo sé.- Respondo, no quiero hablarle de Jaime. Hace mucho que enterré a Jaime en mi pasado.
-¿Tienes miedo de hacerlo?
Yo asiento, tímida.
Él sonríe, está a punto de besarme pero no lo hace.
-No te preocupes, te daré todo el tiempo que necesites.

Y tiempo era lo que apenas teníamos. Sí un par de meses, pero no tiempo para los dos. No todo el que yo necesitaba. A partir de ése momento las cosas pasaron rápidamente, y cada minuto que pasaba, algo en mi vida cambiaba, algo crecía y algo se iba. O alguien.

No hay comentarios:

Publicar un comentario