Ésta parte que te voy a contar ahora puede parecer un acto inmoral; el contarle a un desconocido lo que ocurrió aquella noche, por un lado la versión de mi hermano -a mi hermano le encantaba escribir, y escribió todo lo que ocurrió aquella noche entre Rocío y él en su diario secreto-, y por otro lado la versión de Carlos, que en la primera carta que me escribió me lo contó. Yo sólo recuerdo de aquella noche haber bebido mucho, y también haberme sentado un rato junto a él a charlar, y que me pareció borde, y que me gustaba. No podía mantenerle la mirada durante el rato que estuvimos juntos, me ponía muy nerviosa y al cabo de un segundo que a mí me parecía eterno, la retiraba.
Bueno, empecemos por David. Lo siento por tus ojos, pero él acostumbraba a escribir siempre en rojo, y aquí tienes lo que escribió a la mañana siguiente, ya en casa de nuestro tío:
Ha sido una noche increíble. Rocío, ella misma en sí me parece increíble. Es bonita. Es preciosa. Tiene unas curvas donde sin dudarlo me perdería, sin embargo, la curva más bonita de su cuerpo es su sonrisa. Es una tía vividora, de las que coge el toro por los cuernos. Está tan llena de energía y de vida. Y sabe cómo echarle morro a la vida, lo que quiere antes o después lo consigue con ésa carita que tiene de niña buena.
Cuando ella me tendió su mano, y yo la acepté, sentí que mil hormigas corrían por mi piel. Ella empujó hacia sí para ayudarme a que me levantase, y cuando lo hice, ambos, sin soltarnos de la mano caminamos durante un rato por la playa, hasta que llegamos al final, y nos sentamos en la arena, cerquita del agua. Una ola grande casi nos cala enteros, pero fuimos rápidos. Fui rápido, quiero decir. Mientras hablábamos de Extremoduro, conciertos, música, y también un poquito sobre nuestras parejas anteriores -momento en el cual yo hablé de Marina en pasado-, una ola vino directa hacia nosotros, y yo me levanté, y la levanté a ella y la sostuve por un momento en mis brazos. Mis zapatos se mojaron, y el mar se tragó el cubata de Rocío. Nos quedamos ahí, parados, a la luz de la luna y de las estrellas. Sólo estábamos ella y yo en el planeta, o al menos éso me parecía a mí. Me sonrió, muy cerquita de mi boca, y susurró "hace bastante tiempo que las damas no necesitamos que los caballeros nos salven de cualquier peligro, ¿sabes?", y yo sonreí. Y ella se acercó un poco más a mí, todavía la cargaba yo en brazos. Y me dio un beso en la mejilla, y dijo "gracias, príncipe, ¿puedes dejarme ya en el suelo?". Y yo sonreí. Y la solté suavemente de nuevo sobre la arena. Me agaché para sentarla donde antes estaba, y yo iba a sentarme a su lado, sin embargo, ella pasó el brazo por detrás de mi cuello, y rápidamente me acercó a su boca, y en ése momento, nos besamos.
Pensándolo bien, en otro momento te mostraré la carta de Carlos, me he puesto demasiado triste releyendo ésto...
Buenas noches,
Celia.
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