jueves, 29 de mayo de 2014

Capítulo dieciocho: Rota.

Hoy también te escribo a ti, te escribo sin escribirte a ti mientras escucho en los cascos la banda sonora de mi película favorita, perdón, de nuestra película favorita. Es que, desde que no estás, no pienso en un nosotros. Y perdona si suena egoísta éso de pensar sólo en mí. Te escribo para desahogarme, para tener a alguien a quien contarle mis cosas, lo que estoy viviendo, ésta película de terror que parece no tener fin. Sé que te prometí no volver a hacerlo, sé que te prometí quererme un poquito más, pero es imposible, no sin ti aquí para controlar que no recaiga, no sin tenerte a ti para sujetarme cuando estoy a punto de caer. Tus manos, ésas manos que echo demasiado de menos. Y perdóname, sé que te prometí no rendirme nunca, pero el curso está pasando demasiado rápido. Estamos a final del primer trimestre ya, y los exámenes finales se acercan, y voy a volver a suspender, porque si no estás tú ya no hay éxitos. Hoy hace dos meses desde la última vez que nos vimos, y no te imaginas cuánto ha cambiado todo. ¿Me dejas explicártelo, por favor?
Sandra desapareció sin despedirse de nadie, y es así, la que era mi mejor amiga desapareció, y ahora en el cuerpo de Sandra habita un monstruo sin corazón, un monstruo que se dedica a ignorarme, humillarme, insultarme o que simplemente me mira mal cuando me cambio la camiseta en el vestuario a su lado después de clase de gimnasia. Sandra, mi mejor amiga. Te hablé de ella una vez, y tú mismo comprobaste cuánto la quería. Creo que me mira mal porque éste verano he cogido demasiados kilos. Ya no soy la niñita que pesaba 42 kilos, no. Mi peso ronda los 45 ahora, y estoy empezando a tener culo y barriga. Ángela y yo apenas hemos hablado durante todo el curso, un par de veces quizás, y porque era estrictamente necesario, creo que piensa que soy demasiado rara. Seguro que Sandra no le ha hablado de mí, seguro que ha hecho como si no me conociera, pero me conoce, o me conocía, porque se acabaron las quedadas nocturnas, los mensajes de texto hasta las tantas, las fiestas de pijama, todo, nuestra amistad está más que acabada. Y perdona si te prometí nunca rendirme, nunca volver a cortarme, pero ésta vez lo necesitaba de verdad, necesitaba la libertad, lo relajada que te quedas cuando te cortas, el liberarme de tanta tensión que me agobia, que me mata cada día más, ¿y qué más da? sólo han sido un par de cortes en la muñeca izquierda. Nada profundos, lo prometo. 
A la que sí que he vuelto a ver es a Chombi, digo Julia. Ahora estudia conmigo, y nos pasamos el tiempo juntas, en silencio, porque ya no quedan palabras, ya no queda nada que decir. Por otro lado, ha aparecido alguien, un chico, y aún no quiero revelarte su identidad porque ni siquiera yo me creo que él se haya fijado en el desastre que soy ahora. Solo sé que, para variar el otro día me recordó a ti, me acordé de ti, y en ése momento, perdí la sonrisa. Siempre que pienso en ti me pasa. Él no conoce nada de ti, no sabe que exististe, que puedo llegar a sentir tanto. Sabe de mis cortes, no las razones, y el otro día tuvimos una conversación en el parque en el que siempre nos vemos que hizo que pensara en ti.

-He visto tus muñecas, ¿qué te ocurre?- Me pregunta él, serio.
Estamos sentados cada uno en un columpio, muy cerca el uno del otro.
-Supongo que estoy demasiado rota.- Respondo, seria.
-¿Y no hay quien te arregle?
-No, supongo que ya no.
-¿Pero qué te se pasa por la cabeza para cortarte así?
-Desaparecer.
-Prométeme que no volverás a hacerlo.
-Una vez me lo hizo prometer alguien muy importante para mi y cuando ésa persona se fue, recaí.
-Yo no me voy a ir a ninguna parte, lo prometo. Pero te tienes que cuidar, que querer. Si tú no te quieres, yo no puedo hacerlo, pequeña.
-Es... Mi físico.- Respondo a punto de romper a llorar.
-¿Qué le ocurre a tu físico? A mí me gustas y lo sabes.

Te quiero, quería recordártelo. Te quiero muchísimo, aunque ya no estés. Y las cosas están avanzando demasiado rápido, así que vuelve a mi vida, vuelve a mi vida antes de que alguien más aparezca, cariño.

lunes, 26 de mayo de 2014

Capítulo diecisiete:

Y juntos paseamos durante un rato, me divertí bastante. El jardín de los amores imposibles es un sitio que cualquiera debería de visitar, lo recomiendo, pero siempre en buena compañía. Después él me acompañó a casa. Me gustaba ése chico. Julián me hacía sentir especial, querida. Me sentí agobiada, por éso no quise que recitara ése poema que escribió para mí, y nunca se lo expliqué. Después ocurrieron cientos de cosas más, y acabamos regresando de vez en cuando a ése lugar, pero son cosas que debo de contarte poco a poco. Porque también estaba Carlos. Y también Aitor. Y todo fue un lío, e indecisión por todos lados. Primero quiero contarte lo que ocurrió cuando me despedí de Julián.

-Ya hemos llegado.- Dice él y me bajo de la moto, y él también.
-Quería preguntarte algo.- Dice, deteniéndome.
Yo me giro, esperando su pregunta.
-¿No te gusto?
-No es éso, Julián...
-¿Por qué eres tan complicada?
-La verdad es que... Lo siento.
Se acerca lentamente a mí, y yo estoy a punto de romper a llorar, y no entiendo por qué.
-¿Te has enamorado alguna vez?- Me pregunta, cerca de mí.
Estamos parados, uno frente al otro, al lado de la valla de mi casa.
-No lo sé.- Respondo, no quiero hablarle de Jaime. Hace mucho que enterré a Jaime en mi pasado.
-¿Tienes miedo de hacerlo?
Yo asiento, tímida.
Él sonríe, está a punto de besarme pero no lo hace.
-No te preocupes, te daré todo el tiempo que necesites.

Y tiempo era lo que apenas teníamos. Sí un par de meses, pero no tiempo para los dos. No todo el que yo necesitaba. A partir de ése momento las cosas pasaron rápidamente, y cada minuto que pasaba, algo en mi vida cambiaba, algo crecía y algo se iba. O alguien.

martes, 20 de mayo de 2014

Capítulo dieciséis: Ausencia.

Hoy quiero hablar de ausencias. Hoy, que hace tanto tiempo que el sol no brilla como cuando sonreíamos juntos, hoy, que la luna no me lleva a un lugar alejado del mundo, hoy, que hay nubes en el cielo y parece que vaya a llover de un momento a otro. Hoy, cobijada bajo un paragüas, con la libreta apoyada en las piernas, sentada en un banco de una estación de tren, ésa estación que un día de hace mucho tiempo me vio partir. Y no, no hablo de viaje en tren, hablo de bocas. Ésta estación vio mi corazón partirse. Fue lo primero que vi al volver a mi pueblo. La estación. Y aquella noche también llovía. O madrugada más bien. No me preguntes por qué, pero uno de los días más tristes de mi vida fue aquel en el que para despertarme no lo tenía a él en la puerta de mi casa, con una rosa o un regalo, con un abrazo o su sonrisa. Uno de los días más tristes de mi vida fue aquel en el que tuvimos que despedirnos con dos besos, en lugar de uno. Aquel día en que ni siquiera me abrazó y yo estaba tan fría como éste anden mojado por la lluvia. O ya no sé si lluvia o lágrimas, pero sí, le echo de menos. Le echo tanto de menos que no lo puedo soportar. Y un tren se detiene. Y comprendo que éso es el amor: arriesgarse, subirse a un tren y no saber a qué nivel de destrucción llegarás. O quizás éso es la vida, y Sandra; mi mejor amiga y Rocío y el resto se quedaron en paradas anteriores. Tren, ¿a dónde me llevas? Vida, ¿a dónde quieres que vaya? Si con tan sólo volver a ver su sonrisa sería capaz de atravesar mil paradas más. Si por tan sólo abrazarle atravesaría el mapa, de punta a punta, ciudad tras ciudad, a pie, porque juro que nunca he visto una sonrisa como la suya, una sonrisa que llene mi vacío. Me siento un zombie escribiendo todo ésto,... Zombie. Mi Chombi. Julia. ¿Sabes que Julia se ha mudado aquí a vivir? Algo bueno había que sacar de todo ésto, de todo éste desastre, de toda ésta mierda de vida que llevo. Julia ahora estudia en mi instituto, y nos pasamos los recreos juntas, somos mejores amigas, creo. Capaces de compartir media hora diaria de silencio sin sentirnos incómodas. 

-¿Qué haces aquí?- Me pregunta una voz que se detiene justo a mi lado.
Levanto la vista del papel y ahí está ella, Chombi. Bajo un paragüas negro.
Lleva un abrigo negro también que le llega a los tobillos, y el pelo recogido en un moño en lo alto de la cabeza.
-¿Qué haces tú aquí?- Pregunto yo, cerrando el cuaderno.
-Desde que vivo aquí me gusta venir a éste banco a desahogarme.
-¿Puedo preguntarte algo?
Ella asiente.
-¿Qué fue de ellos? ¿De los que quedaron?
Ella guarda silencio antes de comenzar a narrarme qué fue de todos y cada uno de ellos.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Capítulo quince: Un poema.

Me sentía libre por fin. Salí de casa a las cinco y media, arreglada. Llevaba puesto un vestido de leopardo que me llegaba justo por el borde de la ropa interior y unos zapatos negros de tacón. Odiaba ésa ropa, odiaba ponerme bonita, porque más que bonita me sentía como una pieza sin encajar, como si te cruzaras por la calle con un político disfrazado de payaso. Y ahí estaba yo, en la puerta de mi casa, caminando directa, decidida hacia Julián.

Me miro en el espejo un segundo antes de salir de casa, para asegurarme de que todo esté bien dentro de lo que cabe.
Examino mi cara y mi cuerpo con detenimiento.
Tengo un rostro redondo con una nariz larga, unas cuantas pecas repartidas por la nariz y debajo de los ojos, y mis ojos son de un color marrón intenso. El pelo me cae a un lado de la cara, negro como el carbón, liso. Me llega hasta los pechos, y por detrás hasta lo más bajo de la espalda. "Y que tienes un antojo en lo más bajo de la espalda donde pierdo la memoria" dice Melendi en una de sus canciones. Yo no tengo un buen culo, ni unos pechos demasiado grandes. Estoy delgada, aunque tengo un poco de tripa. Soy una chica alta. Salgo de casa tras lanzarle una última sonrisa a mi reflejo.
Está esperándome fuera, sonriente.
Camino hacia él.
Nos damos dos besos en las mejillas.
-¿A dónde quieres que vayamos?- Me pregunta él, tendiéndome un casco.
-No conozco nada de aquí, excepto la playa del Socorro y el mercado, y no quiero volver.
-Tengo una idea, ¿te apetece que vayamos al muelle?
-Donde sea, Julián.- Dije, subiéndome a la moto, detrás de él.

En mi cabeza sonaba la letra de una canción de Melendi; "Autofotos".
Hace tiempo que te observo; un día más del que te quiero, mujer.
Ojalá alguien me observara ahora, ahora que tan insegura y rota estoy. 
Ojalá fuese él quien volviera a observarme como lo hizo aquel verano.
Ojalá volviese a ocurrir todo, sin perder en la batalla del amor.

-¿Dónde estamos?- Pregunto, impresionada por la belleza del lugar.
Estamos en un camino de tierra, subidos a la moto, y a ambos lados se extiende una especie de jardín enorme de rosas. Las hay de todos los colores. El sol cae sobre nosotros. Es un sitio precioso, con sus montañas de fondo y el cielo azul y sin nubes.
-¿Dónde estamos?- Repito, por si él no me ha entendido, boquiabierta.
-Siempre que necesito inspirarme visito éste lugar. No sé cómo se llama, sólo sé que está apartado de todo, yo lo llamo "El jardín de los amores imposibles", pues aquí han nacido varias de las historias que escribo.
-¿Escribes?
-Es mi mayor afición, escribir, observar el mundo desde mis ojos, ponerme en los zapatos de otra persona.
-¿Sólo narrativa?
-Poesía también a veces. Depende de la musa.
-¿Sabrías recitarme alguna de memoria?- Pregunto, interesada.
-Por éso te he traído aquí. Quería que escucharas algo que anoche escribí... Para ti.- Dice él, sacándose un papel del bolsillo y sonrojándose.
-Seré caricia en tu piel, seré un beso dulce, seré el sabor de la miel, no una despedida agridulce...- Comienza él.
Esto no está bien, pienso.
-¿Qué hora es?- Pregunto, nerviosa.
Él me mira y entiende que estoy incómoda.
-Ah, que tú no...- Murmura él.
Que tú no sientes lo mismo, termino la frase yo en mi cabeza.
Yo niego con la cabeza. Estoy a punto de llorar.
-Te llevo a casa.- Dice.
-Quedémonos, por favor. Ven, paseemos.



martes, 13 de mayo de 2014

Capítulo catorce: Sorpresa.

Al día siguiente, las cosas comenzaron a cambiar para bien. Mi tío Alberto nunca se enteró de que le cogimos la furgoneta. Aquel día, conocí a más gente. A éso de las cuatro de la tarde, después de comer con mi tío y mi hermano, alguien llamó al timbre de casa. Yo abrí la puerta, y ahí estaba él, en su moto. Salí al patio. Hacía calor. Caminé hasta la valla.

-¿Qué haces aquí? Deberías de estar descansado después de la fiesta de anoche.- Le digo, asegurándome de que mi tío no esté detrás mío.
-Verte. No hay nada mejor que verte después de diez horas aproximadamente sin hacerlo. Aunque ahora mismo me apetecería hacerlo como Dios manda, y no con unos barrotes entre nosotros.
Sonrío y abro la puerta.
-¿Tienes algún plan para hoy?- Me pregunta, sonriente.
-¿En un sitio donde a las únicas personas que conozco es básicamente a la gente con la que anoche estuve?- Pregunto irónicamente.
-Tal vez querrías, no sé, pasear en moto. Ésta tarde. Conmigo.- Propone él, agachando la cabeza.
-¿Los dos solos?- Pregunto, y me da un vuelco el corazón.
Él asiente.
-No creo... Tengo... Tengo que hacer algo.- Respondo, nerviosa.
-Supongo que eres más de las tradicionales, ¿no es cierto?- Pregunta él, mostrándome la mano que tenía detrás de la espalda y en la que yo no había reparado.
Una flor. Una rosa. Una rosa roja.
Sonrío.
-¿Aceptas ir conmigo en moto?- Me pregunta.
Cojo la rosa.
Yo acepto, mientras algo en mi interior me dice que éso no está bien.
-¿A las cinco y media paso a recogerte?
-A las cinco y media, no te retrases.
Y sin despedirnos siquiera, yo doy media vuelta, cierro la puerta de la valla, y camino hasta dentro de la casa. Él arranca la moto en algún momento y se va.
-¿Quién te ha regalado éso?- Pregunta mi hermano en cuanto la ve.
Por suerte mi tío no me ha pillado.
-Un amigo.
-¿El que te acompañó anoche...? ¿Carlos...?
-El mismo.
-A ése chaval le gustas. Te acompañó a casa incluso mientras yo estaba con Rocío.
-Rocío a ti te gusta.
-¿Por qué lo dices?- Pregunta, nervioso.
-Por tu mirada cuando has dicho su nombre.
-¿Y a ti te gusta Carlos?- Me pregunta, serio.
-Es sólo mi amigo.
-Pues será mejor que se lo dejes claro antes de que se pille de ti.- Me aconseja mi hermano.
-Lo sé.
-Pero ha sido un bonito detalle venir aquí para traerte una rosa. 
-Y proponerme ir en moto con él.- Añado yo, sonriendo.
Pero no estoy hablando de Carlos, sino de Julián.


viernes, 9 de mayo de 2014

Capítulo trece: El sueño.

De aquella noche, recuerdo el sueño que tuve. Soñaba con una desconocida que miraba a mi hermano con los ojos llenos de lágrimas, rojísimos. Estaban en el banco de las despedidas, y actuaban como si yo no estuviera. 
-¿Pero por qué... David... por qué?- Preguntaba la chica desesperada.
-Lo siento.- Se disculpaba mi hermano.
-Es que no lo entiendo. Te esperé durante meses.
-Lo siento.
-No aproveché este tiempo para conocer a alguien. Te estuve esperando porque creía que aún estábamos juntos.
De repente, en el sueño, también aparecía Rocío.
Se sentaba entre mi hermano y la desconocida, miraba con aire de superioridad a la desconocida, y le daba un beso en los labios a mi hermano.
-¿Es ella?- Preguntaba la chica.
Mi hermano asentía.
-No puede ser...- Murmuraba la chica.
Y Rocío cogía de la mano a mi hermano y se alejaba con él.
La desconocida se quedaba llorando en silencio.
De repente gritaba "¡Cuidado, David!". y veía a mi hermano, embestido por un coche que se daba a la fuga.
Y en ése momento me desperté, toda sudada.
Aún no había amanecido y alguien llamaba a la puerta.
Mi hermano. 
Bajé las escaleras rápidamente, y abrí la puerta.
Por suerte, cuando llegué no cerré la puerta de la valla con llave.

-Llevo como media hora intentando que te despiertes y me abras.- Me dice mi hermano, enfadado.
Yo le abrazo con fuerza, a punto de llorar, entonces veo a Rocío detrás de él.
-¿Lo has acompañado tú?- Le pregunto, separándome de mi hermano.
Ella asiente con la cabeza.
La furgoneta también está ahí, en el mismo sitio donde la cogimos.
-¿Cómo te las has apañado para traer la furgoneta y tu moto para volver?
-Tu hermano hace un rato estaba bastante mal. Tuvimos que acostarlo en los asientos traseros de la furgoneta. Yo conducía la furgoneta, y Rocío iba en la moto detrás nuestra.- Responde Aitor, que aparece por detrás de Rocío.
-¿Cómo habéis sabido llegar hasta aquí?- Pregunto, impresionada.
-Te lo dije en el mercado cuando te conocí, Celia: soy hijo de Alberto.- Responde Aitor, poniéndose el casco de la moto.
Yo no digo nada, porque no sé si habla enserio o miente. ¿Pero cómo si no ha conseguido llegar hasta aquí?
Rocío se coloca también el casco, y se sube a la moto.
Aitor hace lo mismo, subiéndose detrás de ella.
Los dos se despiden de nosotros con la mano y se alejan.


martes, 6 de mayo de 2014

Capítulo doce: Ése tipo de chica.

Las cosas están cambiando demasiado rápido por aquí, aunque a fin de cuentas, las cosas siguen igual que antes. Con respecto a Sandra, nada ha cambiado. Aún no nos hemos dirigido la palabra. En Educación Física cuando nos piden que hagamos algún ejercicio por parejas, siempre se pone con Ángela, estoy convencida de que es su mejor amiga. Mi sustituta. Ángela y yo sí que nos hemos dirigido la palabra un par de veces, pero no ha sido nada significativo; un "pásame el balón" por ejemplo, cuando no he podido pararlo y éste ha acabado al lado de ella. Y a Sandra se la ve aparentemente feliz. Siempre en moto con ése chico. Moto. El paseo en moto.

-¿No crees que ya has bebido suficiente?- Me pregunta Carlos, retirándome mi sexto o séptimo cubata.
-Nunca se ha bebido suficiente, Ca... Carlos.- Respondo yo, intentando coger el vaso que él me ha quitado. Cuando casi lo he alcanzado, él esquiva mi torpe mano y tira él mismo el cubata.
-El alcohol está de... Demasiado caro como para tirarlo.- Le reprocho.
-No debes beber más, mira cómo estás.- Me dice, y me da un abrazo.
Me siento mareada.
-Cuando has dicho lo de que yo no podía ser tu...- Empiezo a decir, pero no me sale la palabra, la tengo en alguna parte de mi mareado cerebro.
-Mi tipo de chica.- Me recuerda él.
-Éso, mi tipo de chica..., ¿qué te estaba diciendo?- Se me ha olvidado lo que le estaba diciendo, y rompo a reír.
-Yo tampoco recuerdo.- Me miente él.
-Quiero beber más.- Digo yo, fingiendo tristeza y rompiendo de nuevo a reír.
-¿Hacemos un trato como si fueras una niña pequeña?- Me pregunta él, poniendo tono de niño pequeño.
Yo asiento y me mareo más.
-¿Quieres beber?- Me pregunta.
Yo asiento de nuevo.
-Está bien, ésta noche eres una niña mayor. Pero sólo ésta noche, ¿quieres?
Asiento de nuevo.
Él alcanza una botella y vierte casi todo su contenido en un vaso de plástico sin usar.
¿Vodka? No, agua. Y lo parte racional que aún me queda lo sabe. Sin embargo, soy feliz, pensando que bebo vodka.
-Está rico.- Digo, y él empieza a reírse, y yo también, y no entiendo por qué.
-Cuando te lo termines, te llevo a casa, campeona.- Dice él cuando deja de reírse.
Yo asiento con la cabeza y me termino el cubata de un trago.
Y él me abraza de nuevo.
-La noche para nosotros dos ya ha terminado. Avisad a su hermano de que yo la he acompañado a su casa.- Anuncia él y me guía hasta su moto.
-¿Por qué no la llevo yo?- Pregunta Julián.
Él ni siquiera le responde.
-Eh, Carlos, déjame que la lleve yo. Irá más segura conmigo que contigo, créeme.- Le repite Julián, acercándose a él.
-No, Julián. No.- Sentencia Carlos.
-¿Por qué me llevas en tu moto si no te gusto?- Le pregunto, cuando nos hemos alejado un poco del resto.
-Yo tampoco te gusto a ti, princesa.- Responde él, sonriendo.
-¿Y por qué me apetece besarte, si no me gustas?- Pregunto.
-Seguro que la última copa te se ha subido demasiado. Vamos, sube.- Dice, ayudándome a subir a su moto.
Yo me resisto. Y me planto en frente suya. Miro sus labios, porque no puedo sostenerle la mirada.
-¿Por qué me apetece besarte si no me gustas?- Pregunto, en un susurro. Acercándome lentamente a él.
-Borrachilla, me has dicho antes que no te montabas en las motos de chicos que acababas de conocer, supongo que tampoco eres de las que besan en la primera cita.- Dice él sonriendo.
Y yo me aparto, y me subo a la moto con su ayuda.
Él delante, conduciendo, y yo detrás, bien sujeta a él.

-Aquí es.- Le digo, señalando temblorosa la casa de mi tío.
-¿Te dejo aquí o te acompaño dentro?- Me pregunta él.
Yo busco las llaves en el bolsillo de mi pantalón.
Me pongo pálida, tiemblo entera. No están.
No están.
Vuelvo a mirar.
Me bajo de la moto y casi me caigo.
Miro de nuevo.
No están.
Carlos me mira esbozando una media sonrisa, mientras se baja de la moto y camina hasta la puerta.
-¿Buscas algo?- Dice, estirando el brazo hacia mí, con la mano abierta, mostrándome la palma.
-¡Las tenías tú!- Exclamo, acercándome a él.
-Se te cayeron, las vi y te las guardé.- Dice, cerrando la palma y llevando ambos brazos a su espalda.
-Dámelas.- Pido, riendo. Aún me tambaleo un poco, pero casi no me siento mareada. No tanto como antes, al menos.
-¿Aceptas otro juego?- Me pregunta, sonriente.
-Baja la voz, por favor, o vas a despertar a mi tío.- Pido yo, volviendo a la realidad, y acercándome a él.
Ahora estamos los dos frente a frente.
-Dame las llaves.- Pido yo.
-Dame un beso.- Pide él.
Yo sonrío, ya menos mareada. Y me acerco lentamente a él.
Y él se acerca lentamente a mí.
Nuestros labios están casi rozándose, pero desvío el rumbo en el último segundo, y le doy un beso en la comisura de los labios.
-Tus llaves.- Dice él, y me las da.
Sonríe, se sube a su moto, arranca y se aleja.

Capítulo once: Confesiones.

Ésta parte que te voy a contar ahora puede parecer un acto inmoral; el contarle a un desconocido lo que ocurrió aquella noche, por un lado la versión de mi hermano -a mi hermano le encantaba escribir, y escribió todo lo que ocurrió aquella noche entre Rocío y él en su diario secreto-, y por otro lado la versión de Carlos, que en la primera carta que me escribió me lo contó. Yo sólo recuerdo de aquella noche haber bebido mucho, y también haberme sentado un rato junto a él a charlar, y que me pareció borde, y que me gustaba. No podía mantenerle la mirada durante el rato que estuvimos juntos, me ponía muy nerviosa y al cabo de un segundo que a mí me parecía eterno, la retiraba.
Bueno, empecemos por David. Lo siento por tus ojos, pero él acostumbraba a escribir siempre en rojo, y aquí tienes lo que escribió a la mañana siguiente, ya en casa de nuestro tío:

Ha sido una noche increíble. Rocío, ella misma en sí me parece increíble. Es bonita. Es preciosa. Tiene unas curvas donde sin dudarlo me perdería, sin embargo, la curva más bonita de su cuerpo es su sonrisa. Es una tía vividora, de las que coge el toro por los cuernos. Está tan llena de energía y de vida. Y sabe cómo echarle morro a la vida, lo que quiere antes o después lo consigue con ésa carita que tiene de niña buena. 
Cuando ella me tendió su mano, y yo la acepté, sentí que mil hormigas corrían por mi piel. Ella empujó hacia sí para ayudarme a que me levantase, y cuando lo hice, ambos, sin soltarnos de la mano caminamos durante un rato por la playa, hasta que llegamos al final, y nos sentamos en la arena, cerquita del agua. Una ola grande casi nos cala enteros, pero fuimos rápidos. Fui rápido, quiero decir. Mientras hablábamos de Extremoduro, conciertos, música, y también un poquito sobre nuestras parejas anteriores -momento en el cual yo hablé de Marina en pasado-, una ola vino directa hacia nosotros, y yo me levanté, y la levanté a ella y la sostuve por un momento en mis brazos. Mis zapatos se mojaron, y el mar se tragó el cubata de Rocío. Nos quedamos ahí, parados, a la luz de la luna y de las estrellas. Sólo estábamos ella y yo en el planeta, o al menos éso me parecía a mí. Me sonrió, muy cerquita de mi boca, y susurró "hace bastante tiempo que las damas no necesitamos que los caballeros nos salven de cualquier peligro, ¿sabes?", y yo sonreí. Y ella se acercó un poco más a mí, todavía la cargaba yo en brazos. Y me dio un beso en la mejilla, y dijo "gracias, príncipe, ¿puedes dejarme ya en el suelo?". Y yo sonreí. Y la solté suavemente de nuevo sobre la arena. Me agaché para sentarla donde antes estaba, y yo iba a sentarme a su lado, sin embargo, ella pasó el brazo por detrás de mi cuello, y rápidamente me acercó a su boca, y en ése momento, nos besamos.

Pensándolo bien, en otro momento te mostraré la carta de Carlos, me he puesto demasiado triste releyendo ésto...
Buenas noches,
                         Celia.

domingo, 4 de mayo de 2014

Capítulo diez: Maletas.

Hoy, pensando en mi pasado, he llegado a una teoría... Bueno, en realidad a dos. La primera es que parece que nunca voy a acabar de contarte lo que ocurrió en la fiesta, que en realidad es uno de los múltiples comienzos de aquel verano (y te prometo que de hoy no pasa). La segunda habla sobre las decepciones, sobre la aceptación. Creo haber leído en algún lado algo que quería decir que cuanto más formado estés como persona, cuanto mejor sepas quién eres, cómo eres y qué (o a quién) quieres en tu vida, menos te dolerá el estado de decepción que ésa persona te ha provocado. Así como hay personas que aparecen de golpe en tu vida y se convierten en todo, las hay más invisibles, más de poquito a poco, pero sea como sea, a la velocidad a la que vaya todo, ésa persona en cuestión acaba siendo insustituible para ti. Y tú, tú eres una persona más. Mucho "mataría por ti" y a la hora de la verdad, no matan a una mosca. Y no digo que ésas personas no hayan hecho nada por ti en éste tiempo, es sólo que de un momento a otro te han decepcionado, te has sentido perdido, y todo por una estupidez. ¿Qué base tiene dejar de quedar con alguien que tan importante es para ti porque no le interesan los temas de los que generalmente hablas? La vida sería más fácil con personas que te digan "Oye, Celia, ¿puedes callarte un rato? Me estás taladrando la cabeza tanto hablar sobre ésto". La vida sería más fácil con gente tan fuerte, tan formada, tan segura de sí misma que no le importase perder a personas que lo significaron todo, porque es cierto, nadie debería de tener el privilegio de hundirte, de convertirse en la razón de tu vida, en tu confidente, ¿pero qué más da? Ya he estado hundida demasiado tiempo y he comprendido que yo no soy de ése tipo de personas que pueden hacerse la fuerte. Así que perdonadme si cada vez que alguien se va de mi vida derramo cientos de lágrimas mientras me elaboro otra coraza que me proteja para cuando el resto de gente siga yéndose. Y es que en el fondo somos éso, ¿sabes? Maletas de viajeros. Cada uno acabaremos en una parte distinta del mundo. Unas maletas más bonitas cargadas de billetes, otras preciosas vacías por dentro, y otras horribles con joyas dentro. Éso somos, y nuestro destino está en X sitio, y a veces nos tenemos que separar de aquella maleta que tanto nos gustaba porque ésa maleta busca Y cosa en la vida, y tú no puedes dárselo. Y así será como maletas que antes no podían separarse ni por un segundo, y aún guardadas debajo de la misma cama, acaben tan a centímetros que separen como kilómetros. 
En aquella playa, aquella noche, éramos demasiadas maletas las que estábamos juntas, a partir de ahí la mayoría seríamos tan inseparables que, como todo en ésta vida, nos acabaríamos separando.

-¿Bebéis?- Nos pregunta Rocío tendiéndonos un par de vasos de plástico a mi hermano y a mí.
Nosotros los aceptamos.
La noche comienza con vodka y cola.
Yo me siento en la arena, un poco apartada del resto, junto a mi hermano, entonces aparece Rocío de nuevo. Le tiende la mano a mi hermano, y él sin decir nada la acepta, se levanta sin soltarse de ella, y ambos comienzan a caminar por la arena, uno al lado del otro, hasta que se pierden en la oscuridad de la playa.
Y aquí me quedo, sola, con un vaso de vodka a medio beber.
Y alguien se sienta a mi lado, sin duda espero que sea Aitor, pero no es así.
-¿Os ha traído vuestro tío a la fiesta?- Es lo primero que me pregunta.
-No, mi hermano en su furgoneta.- Respondo rápidamente.
-Tu hermano no debería de conducir ésta noche de camino a casa. Ha bebido, es peligroso.
Me sorprende que ése chico se preocupe por mí.
-David controla, no te preocupes.- Respondo.
-¿Por qué no vienes en la moto conmigo?- Me propone, con una media sonrisa.
-No soy de las que se montan en la moto de un tío al que acaban de conocer, lo siento.
Él se ríe.
Los dos nos miramos durante un segundo, pero apartamos las miradas.
-¿Y de cuáles eres? Me suelen gustar las difíciles, las que si miras a una chica guapa se enfadan, las que si no te fijas en ésa chica tan guapa, hacen algún comentario para que acabes mirándolas, ¿has escuchado "Llueve" de Melendi? Pues mi tipo de chica es la que describe en ésa canción.
-¿Te gusta Melendi?
-Un poco.
-¿Extremoduro?
-No he escuchado nada de ellos, creo.
-¿Qué música te gusta?
-Tranquila, algún día te la mostraré. Pero, ésto..., Una cosa. ¿Recuerdas lo que te decía del tipo de chica que me gusta?- Dice, mientras le da un trago a su cubata.
Yo asiento.
-Ésa clase de chica solo se encuentra una vez en la vida, y no creo que seas tú, así que no, no quería ligar contigo cuando te he ofrecido ir en moto.

viernes, 2 de mayo de 2014

Capítulo nueve: Su tacto.

-¡Rocío!- Exclamo en cuanto la veo.
-¡Celia!- Exclama ella.
-Creíamos que no vendríais...- Dice Julián, acercándose a mí para darme dos besos.
David saluda a Rocío con dos besos, y yo hago lo mismo con Julián.
-Hay más gente.- Murmuro, y es cierto, en la playa del Socorro hay más gente, sólo distingo sus siluetas a la luz de la luna.
-Sí, también son nuestros amigos. Ven, te los presento.- Dice Aitor, tendiéndome la mano.

Sí, Aitor apareció de repente, por mi espalda, estaba también allí, sólo que no había reparado en su presencia. Se había cambiado de look desde ésa mañana, ahora llevaba la cabeza rapada por los lados, y arriba el flequillo liso y rubio, que le caía a un lado de la cara. 
Yo ni siquiera cogí su mano cuando me la ofreció, y ésa es una de las muchas cosas que nunca pude explicarle. No confié en él, no acepté su mano cuando él me la tendió, y supongo que éso fue lo que comenzó a desgastar algo que aún no había comenzado. No para mí. Para él, sin embargo, conociéndole como le conozco, estoy segura de que llevaba observándome desde antes de que yo misma llegara a reparar en él. 

-Ella es Aitana, la prima de Rocío.- Dice Aitor, presentándome a una chica morena, de pelo largo y rizado, alta y delgada.
-Yo soy Celia.- Me presento yo, y le doy dos besos en las mejillas.
-Yo soy César.- Dice un chico alto y moreno, de ojos enormes y azules. Dos besos.
-Yo soy Mónica.- Dice una chica rubia de bote. Dos besos.
-Yo soy Nerea, la mejor amiga de Rocío.- Se presenta una chica bajita. Y con sus palabras siento que me está retando. Que me quiere decir que yo nunca podré ocupar su lugar. Y tampoco quiero. Mi mejor amiga está a cientos de kilómetros de aquí. Ninguna de las dos hacemos ademán de darnos dos besos.
-Yo soy Carlos.- Se presenta un chico, posando su mano en mi espalda. Estaba detrás de mí, y tampoco había reparado en él. 

Su tacto. Aún puedo sentirlo. Ni siquiera podría describir a Carlos físicamente, no ahora, no quiero llorar. Quiero cambiar de tema, por favor (...) Julia también estaba allí, aunque ni siquiera yo fui capaz de fijarme en una persona tan invisible, tan perdida. Ahora que hago memoria, sé que ella estaba, sentada en la arena, mirando su móvil cabizbaja mientras un mechón de pelo castaño rojizo le caía por la cara.