A veces te escribo. Algunas de esas veces lo borro. Porque quizás nunca me atreva a contarte qué ocurrió aquel día junto al hospital. O quizás éste sea el momento de explicarte que os creí. A ambos. Y ése fue mi primer error. Dudé de ambos. Os creí a los dos. Os quise a los dos.
-¿Cómo estás?- Le pregunto, acercándome lentamente a él. Lleva el brazo izquierdo escayolado, el labio partido por una de las comisuras y uno de los ojos morado e hinchado. Me parte el alma verlo así, a pesar de haberlo conocido ayer.
Él esboza una sonrisa.
-No he estado peor en la vida.- Responde.
Yo lo abrazo, intentando no hacerle daño en el brazo.
-Has ido a ver a Carlos antes que a mí.- Me reprocha cuando nos separamos.
Yo aparto la mirada.
-¿Por qué? ¿Acaso te gusta?- Me pregunta.
Yo niego con la cabeza lentamente.
-No me gusta, Julián.
Sí que me gustaba, pero no me atrevía a reconocerlo.
-¿Y yo? ¿Te gusto yo?
-No me gusta nadie.
-Pues no lo entiendo, Celia.
Vuelvo a abrazarlo. A punto de romper a llorar.
-¿Sabes? Creo que Carlos te gusta. Pero él no es trigo limpio.
-¿Qué quieres decir?
-Carlos tiene novia.
Me quedo paralizada.
-Carlos tiene novia. Es por su chica por quien tengo el brazo escayolado. La chica se inventó que yo le tiraba, y él vino a buscarme.
-Éso es imposible.
-¿Tanto confías en él?
-¿Tanto lo odias como para contarme ésto?
-¿Tanto te gusta como para no creer a tu amigo?
-Él también es tu amigo, ¿no?
-No. A un amigo nunca se le pone las manos encima.
Guardo silencio durante un par de segundos.
-¿Puedo hablar con la chica?
-Ahora mismo si quieres. Busca mi teléfono en el bolsillo de mi pantalón. Se llama Soraya.
Hago lo que me dice. Busco su nombre en la agenda del teléfono, y llamo. Al tercer timbre, descuelga.
-¿Qué cojones quieres ahora?
-Perdona, Soraya. No soy Julián. Soy una amiga de Carlos, y me gustaría hablar contigo, por favor.
-¿Quién eres?
-Me llamo Celia. Solamente me gustaría hablar contigo, ésta tarde.
-No puede ser, mejor mañana. ¿Ha pasado algo con él?
-Déjame preguntarte una cosa, por favor. ¿Carlos es tu novio?
Inviernos sin ti.
domingo, 22 de junio de 2014
viernes, 13 de junio de 2014
Capítulo veinte: Quizás te acuerdes de mí.
Quizás te acuerdes de mí algún día dentro de muchísimos años, y no será por mi cara bonita, ni por mi sonrisa, ni por mi forma de caminar. Quizás te acuerdes de mí cuando veas en alguna fachada de ése pueblo un póster de mi cantante favorito, cuando necesites rendirte y recuerdes que yo si sigo aquí es porque un día te lo prometí, cuando encuentres mi mirada en los ojos de otra persona.
-¿Por qué lo has hecho?- Pregunta él, tímido.
Yo sonrío.
-¿El qué?- Pregunto como si no supiera qué.
Él me mira a los ojos, nuestras miradas se funden en una, se encuentran, se desean.
-Ésto.- Responde, y pasa un brazo por detrás de mi espalda y me besa rápidamente en la boca.
Quizás te acuerdes de mí cuando veas un estampado de leopardo, o mis zapatos de tacón.
-Todavía no te lo había dicho, pero hoy estás preciosa con ése vestido que llevas.
Quizás te acuerdes de mí cuando mires a otra chica y le digas que está preciosa lleve lo que lleve.
-O bueno, la verdad es que lleves lo que lleves estás preciosa, niña.
Yo vuelvo a besarle.
Aitor se acerca a nosotros. Me había olvidado de él.
-Deberíamos de ir al hospital ya para ver cómo está Julián, Celia.
Quizás te acuerdes de mí cuando le susurres que no se vaya, que la quieres ahí contigo.
-Tengo que irme.
-No te vayas, te quiero aquí conmigo, no con él.
-Él es mi amigo, Carlos. Igual que tú.
Quizás no te acuerdes nunca de mí, porque nada pueda parecerse nunca a lo que tú y yo tuvimos, a lo que tú y yo vivimos.
-¿Por qué lo has hecho?- Pregunta él, tímido.
Yo sonrío.
-¿El qué?- Pregunto como si no supiera qué.
Él me mira a los ojos, nuestras miradas se funden en una, se encuentran, se desean.
-Ésto.- Responde, y pasa un brazo por detrás de mi espalda y me besa rápidamente en la boca.
Quizás te acuerdes de mí cuando veas un estampado de leopardo, o mis zapatos de tacón.
-Todavía no te lo había dicho, pero hoy estás preciosa con ése vestido que llevas.
Quizás te acuerdes de mí cuando mires a otra chica y le digas que está preciosa lleve lo que lleve.
-O bueno, la verdad es que lleves lo que lleves estás preciosa, niña.
Yo vuelvo a besarle.
Aitor se acerca a nosotros. Me había olvidado de él.
-Deberíamos de ir al hospital ya para ver cómo está Julián, Celia.
Quizás te acuerdes de mí cuando le susurres que no se vaya, que la quieres ahí contigo.
-Tengo que irme.
-No te vayas, te quiero aquí conmigo, no con él.
-Él es mi amigo, Carlos. Igual que tú.
Quizás no te acuerdes nunca de mí, porque nada pueda parecerse nunca a lo que tú y yo tuvimos, a lo que tú y yo vivimos.
miércoles, 11 de junio de 2014
Capítulo diecinueve: Reina.
Todos nos hemos preguntado alguna vez, en un momento determinado de nuestra vida qué camino coger, qué decisión tomar, qué destino queremos para nosotros mismos. Y todos nos hemos equivocado. Hoy, por fin, tras tantas semanas incomunicada contigo (ya te explicaré todo lo que ha ocurrido), quiero contarte cuál fue mi decisión, si me equivoqué o no te lo contaré con el paso del tiempo, pero al menos hoy te mereces saber que pude escoger entre Carlos y Julián. Pero que elegí ambos caminos, elegí pasear por los dos caminos, por los dos mundos, por las dos sensaciones tan diferentes que cada uno producía en mí. Pero ni siquiera fui yo quien lo eligió así, para ser sincera. Porque a los cinco minutos de haberse ido Julián de mi casa, apareció Aitor.
-¿Qué estás haciendo aquí?- Pregunto en cuanto abro la puerta. Aitor no me cae nada bien; es un mentiroso que se ha inventado que es mi primo.
-Tenemos que irnos. A comisaría. Ha habido una movida increíble, Carlos está allí.- Dice él, preocupado.
-¿Qué ha pasado?
-Julián está en el hospital, compruébalo tú misma. ¿A dónde quieres ir primero?
-Comisaría, necesito una explicación de ésto.- Respondo, y ambos nos subimos a su moto.
Cuando llegamos, Carlos está en la puerta de la comisaría, sentado en un banco, con la cabeza gacha.
Aitor no se acerca a él, me dice que vaya yo, nos deja hablar solos un rato.
-Carlos.- Lo saludo, y él no levanta la cabeza, no me mira.
-Has venido porque te lo ha contado Aitor, ¿no?- Murmura él.
-¿Qué ha pasado con Julián?
Él guarda silencio.
-¿Me lo vas a explicar?- Insisto yo.
Él guarda silencio unos segundos, y por fin me mira.
-Me gustas.- Dice él, por fin.
-¿Qué tiene que ver éso con Julián?
-Mira, voy a ser todo lo sincero que pueda contigo, pero tienes que entenderme, por favor.
Yo asiento.
-Me gustas, pero ésta vez es distinto. Yo siempre me he fijado en chicas preciosas sin ningún fondo, chicas preciosas que no tienen un tema interesante de conversación, chicas que no necesitan que cuiden de ellas porque son lo bastante independientes como para controlarse bebiendo. Chicas a las que les he tenido que suplicar por un beso, chicas a las que he tenido que llevarlas de compras para gustarle yo a ellas, chicas que escuchaban música de fiesta, chicas que sentían que la música estaba hecha para bailarla poniendo cachondo al personal, pero tú, tú eres preciosa a tu manera, frágil como un cristal, interesante, cariñosa (lo sé por la música que escuchas), y por la música que escuchas también sé que tienes una característica muy bonita que te hace ser más especial que todas ellas, Celia; tú escuchas la música, no la bailas, la sientes.
Yo me sonrojo.
-Vale, pero no entiendo qué tiene que ver ésto con Julián.
-Déjame continuar, por favor. Siempre que a mí me ha gustado una chica así, Julián ha estado enmedio. Se ha fijado en las mismas chicas que yo, les ha dado sexo y las ha dejado tiradas, a todas. Las ha conquistado con palabras, con muestras de un cariño falso que las hacía sentir especial a todas. Y cuando ha obtenido lo que quería, las ha dejado. Cuando me enteré de que él iba a tu casa con una rosa para proponerte ir con él en moto, os seguí desde lejos, cuando vi que te llevaba a aquel jardín, dejé de seguiros. Esperé a que volviérais, y recé porque tú no le hubieras dado un beso siquiera, porque él no es merecedor de tus labios, reina. Lo esperé cerca de su casa. Y cuando llegó, empecé a gritarle que contigo no intentara lo que con todas, que si te quería de verdad luchase por ti, que yo me retiraba, pero que no te hiciera lo que a todas. Él me respondió que haría lo que quisiera, que ya estabas en el bote. Le di un empujón y él a mí un puñetazo, entonces le retorcí el brazo, y creo que se lo partí.
Me quedo asombrada. Pasmada.
-¿Estás enfadada conmigo, princesa?- Me pregunta él, serio.
Yo guardo silencio un par de segundos.
Él agacha la cabeza de nuevo.
-Mírame, Carlos, por favor.- Le pido.
Él vuelve a mirarme.
Y yo me lanzo a su boca.
Lo beso como nunca he besado a nadie.
Cuando llegamos, Carlos está en la puerta de la comisaría, sentado en un banco, con la cabeza gacha.
Aitor no se acerca a él, me dice que vaya yo, nos deja hablar solos un rato.
-Carlos.- Lo saludo, y él no levanta la cabeza, no me mira.
-Has venido porque te lo ha contado Aitor, ¿no?- Murmura él.
-¿Qué ha pasado con Julián?
Él guarda silencio.
-¿Me lo vas a explicar?- Insisto yo.
Él guarda silencio unos segundos, y por fin me mira.
-Me gustas.- Dice él, por fin.
-¿Qué tiene que ver éso con Julián?
-Mira, voy a ser todo lo sincero que pueda contigo, pero tienes que entenderme, por favor.
Yo asiento.
-Me gustas, pero ésta vez es distinto. Yo siempre me he fijado en chicas preciosas sin ningún fondo, chicas preciosas que no tienen un tema interesante de conversación, chicas que no necesitan que cuiden de ellas porque son lo bastante independientes como para controlarse bebiendo. Chicas a las que les he tenido que suplicar por un beso, chicas a las que he tenido que llevarlas de compras para gustarle yo a ellas, chicas que escuchaban música de fiesta, chicas que sentían que la música estaba hecha para bailarla poniendo cachondo al personal, pero tú, tú eres preciosa a tu manera, frágil como un cristal, interesante, cariñosa (lo sé por la música que escuchas), y por la música que escuchas también sé que tienes una característica muy bonita que te hace ser más especial que todas ellas, Celia; tú escuchas la música, no la bailas, la sientes.
Yo me sonrojo.
-Vale, pero no entiendo qué tiene que ver ésto con Julián.
-Déjame continuar, por favor. Siempre que a mí me ha gustado una chica así, Julián ha estado enmedio. Se ha fijado en las mismas chicas que yo, les ha dado sexo y las ha dejado tiradas, a todas. Las ha conquistado con palabras, con muestras de un cariño falso que las hacía sentir especial a todas. Y cuando ha obtenido lo que quería, las ha dejado. Cuando me enteré de que él iba a tu casa con una rosa para proponerte ir con él en moto, os seguí desde lejos, cuando vi que te llevaba a aquel jardín, dejé de seguiros. Esperé a que volviérais, y recé porque tú no le hubieras dado un beso siquiera, porque él no es merecedor de tus labios, reina. Lo esperé cerca de su casa. Y cuando llegó, empecé a gritarle que contigo no intentara lo que con todas, que si te quería de verdad luchase por ti, que yo me retiraba, pero que no te hiciera lo que a todas. Él me respondió que haría lo que quisiera, que ya estabas en el bote. Le di un empujón y él a mí un puñetazo, entonces le retorcí el brazo, y creo que se lo partí.
Me quedo asombrada. Pasmada.
-¿Estás enfadada conmigo, princesa?- Me pregunta él, serio.
Yo guardo silencio un par de segundos.
Él agacha la cabeza de nuevo.
-Mírame, Carlos, por favor.- Le pido.
Él vuelve a mirarme.
Y yo me lanzo a su boca.
Lo beso como nunca he besado a nadie.
jueves, 29 de mayo de 2014
Capítulo dieciocho: Rota.
Hoy también te escribo a ti, te escribo sin escribirte a ti mientras escucho en los cascos la banda sonora de mi película favorita, perdón, de nuestra película favorita. Es que, desde que no estás, no pienso en un nosotros. Y perdona si suena egoísta éso de pensar sólo en mí. Te escribo para desahogarme, para tener a alguien a quien contarle mis cosas, lo que estoy viviendo, ésta película de terror que parece no tener fin. Sé que te prometí no volver a hacerlo, sé que te prometí quererme un poquito más, pero es imposible, no sin ti aquí para controlar que no recaiga, no sin tenerte a ti para sujetarme cuando estoy a punto de caer. Tus manos, ésas manos que echo demasiado de menos. Y perdóname, sé que te prometí no rendirme nunca, pero el curso está pasando demasiado rápido. Estamos a final del primer trimestre ya, y los exámenes finales se acercan, y voy a volver a suspender, porque si no estás tú ya no hay éxitos. Hoy hace dos meses desde la última vez que nos vimos, y no te imaginas cuánto ha cambiado todo. ¿Me dejas explicártelo, por favor?
Sandra desapareció sin despedirse de nadie, y es así, la que era mi mejor amiga desapareció, y ahora en el cuerpo de Sandra habita un monstruo sin corazón, un monstruo que se dedica a ignorarme, humillarme, insultarme o que simplemente me mira mal cuando me cambio la camiseta en el vestuario a su lado después de clase de gimnasia. Sandra, mi mejor amiga. Te hablé de ella una vez, y tú mismo comprobaste cuánto la quería. Creo que me mira mal porque éste verano he cogido demasiados kilos. Ya no soy la niñita que pesaba 42 kilos, no. Mi peso ronda los 45 ahora, y estoy empezando a tener culo y barriga. Ángela y yo apenas hemos hablado durante todo el curso, un par de veces quizás, y porque era estrictamente necesario, creo que piensa que soy demasiado rara. Seguro que Sandra no le ha hablado de mí, seguro que ha hecho como si no me conociera, pero me conoce, o me conocía, porque se acabaron las quedadas nocturnas, los mensajes de texto hasta las tantas, las fiestas de pijama, todo, nuestra amistad está más que acabada. Y perdona si te prometí nunca rendirme, nunca volver a cortarme, pero ésta vez lo necesitaba de verdad, necesitaba la libertad, lo relajada que te quedas cuando te cortas, el liberarme de tanta tensión que me agobia, que me mata cada día más, ¿y qué más da? sólo han sido un par de cortes en la muñeca izquierda. Nada profundos, lo prometo.
A la que sí que he vuelto a ver es a Chombi, digo Julia. Ahora estudia conmigo, y nos pasamos el tiempo juntas, en silencio, porque ya no quedan palabras, ya no queda nada que decir. Por otro lado, ha aparecido alguien, un chico, y aún no quiero revelarte su identidad porque ni siquiera yo me creo que él se haya fijado en el desastre que soy ahora. Solo sé que, para variar el otro día me recordó a ti, me acordé de ti, y en ése momento, perdí la sonrisa. Siempre que pienso en ti me pasa. Él no conoce nada de ti, no sabe que exististe, que puedo llegar a sentir tanto. Sabe de mis cortes, no las razones, y el otro día tuvimos una conversación en el parque en el que siempre nos vemos que hizo que pensara en ti.
-He visto tus muñecas, ¿qué te ocurre?- Me pregunta él, serio.
Estamos sentados cada uno en un columpio, muy cerca el uno del otro.
-Supongo que estoy demasiado rota.- Respondo, seria.
-¿Y no hay quien te arregle?
-No, supongo que ya no.
-¿Pero qué te se pasa por la cabeza para cortarte así?
-Desaparecer.
-Prométeme que no volverás a hacerlo.
-Una vez me lo hizo prometer alguien muy importante para mi y cuando ésa persona se fue, recaí.
-Yo no me voy a ir a ninguna parte, lo prometo. Pero te tienes que cuidar, que querer. Si tú no te quieres, yo no puedo hacerlo, pequeña.
-Es... Mi físico.- Respondo a punto de romper a llorar.
-¿Qué le ocurre a tu físico? A mí me gustas y lo sabes.
Te quiero, quería recordártelo. Te quiero muchísimo, aunque ya no estés. Y las cosas están avanzando demasiado rápido, así que vuelve a mi vida, vuelve a mi vida antes de que alguien más aparezca, cariño.
Sandra desapareció sin despedirse de nadie, y es así, la que era mi mejor amiga desapareció, y ahora en el cuerpo de Sandra habita un monstruo sin corazón, un monstruo que se dedica a ignorarme, humillarme, insultarme o que simplemente me mira mal cuando me cambio la camiseta en el vestuario a su lado después de clase de gimnasia. Sandra, mi mejor amiga. Te hablé de ella una vez, y tú mismo comprobaste cuánto la quería. Creo que me mira mal porque éste verano he cogido demasiados kilos. Ya no soy la niñita que pesaba 42 kilos, no. Mi peso ronda los 45 ahora, y estoy empezando a tener culo y barriga. Ángela y yo apenas hemos hablado durante todo el curso, un par de veces quizás, y porque era estrictamente necesario, creo que piensa que soy demasiado rara. Seguro que Sandra no le ha hablado de mí, seguro que ha hecho como si no me conociera, pero me conoce, o me conocía, porque se acabaron las quedadas nocturnas, los mensajes de texto hasta las tantas, las fiestas de pijama, todo, nuestra amistad está más que acabada. Y perdona si te prometí nunca rendirme, nunca volver a cortarme, pero ésta vez lo necesitaba de verdad, necesitaba la libertad, lo relajada que te quedas cuando te cortas, el liberarme de tanta tensión que me agobia, que me mata cada día más, ¿y qué más da? sólo han sido un par de cortes en la muñeca izquierda. Nada profundos, lo prometo.
A la que sí que he vuelto a ver es a Chombi, digo Julia. Ahora estudia conmigo, y nos pasamos el tiempo juntas, en silencio, porque ya no quedan palabras, ya no queda nada que decir. Por otro lado, ha aparecido alguien, un chico, y aún no quiero revelarte su identidad porque ni siquiera yo me creo que él se haya fijado en el desastre que soy ahora. Solo sé que, para variar el otro día me recordó a ti, me acordé de ti, y en ése momento, perdí la sonrisa. Siempre que pienso en ti me pasa. Él no conoce nada de ti, no sabe que exististe, que puedo llegar a sentir tanto. Sabe de mis cortes, no las razones, y el otro día tuvimos una conversación en el parque en el que siempre nos vemos que hizo que pensara en ti.
-He visto tus muñecas, ¿qué te ocurre?- Me pregunta él, serio.
Estamos sentados cada uno en un columpio, muy cerca el uno del otro.
-Supongo que estoy demasiado rota.- Respondo, seria.
-¿Y no hay quien te arregle?
-No, supongo que ya no.
-¿Pero qué te se pasa por la cabeza para cortarte así?
-Desaparecer.
-Prométeme que no volverás a hacerlo.
-Una vez me lo hizo prometer alguien muy importante para mi y cuando ésa persona se fue, recaí.
-Yo no me voy a ir a ninguna parte, lo prometo. Pero te tienes que cuidar, que querer. Si tú no te quieres, yo no puedo hacerlo, pequeña.
-Es... Mi físico.- Respondo a punto de romper a llorar.
-¿Qué le ocurre a tu físico? A mí me gustas y lo sabes.
Te quiero, quería recordártelo. Te quiero muchísimo, aunque ya no estés. Y las cosas están avanzando demasiado rápido, así que vuelve a mi vida, vuelve a mi vida antes de que alguien más aparezca, cariño.
lunes, 26 de mayo de 2014
Capítulo diecisiete:
Y juntos paseamos durante un rato, me divertí bastante. El jardín de los amores imposibles es un sitio que cualquiera debería de visitar, lo recomiendo, pero siempre en buena compañía. Después él me acompañó a casa. Me gustaba ése chico. Julián me hacía sentir especial, querida. Me sentí agobiada, por éso no quise que recitara ése poema que escribió para mí, y nunca se lo expliqué. Después ocurrieron cientos de cosas más, y acabamos regresando de vez en cuando a ése lugar, pero son cosas que debo de contarte poco a poco. Porque también estaba Carlos. Y también Aitor. Y todo fue un lío, e indecisión por todos lados. Primero quiero contarte lo que ocurrió cuando me despedí de Julián.
-Ya hemos llegado.- Dice él y me bajo de la moto, y él también.
-Quería preguntarte algo.- Dice, deteniéndome.
Yo me giro, esperando su pregunta.
-¿No te gusto?
-No es éso, Julián...
-¿Por qué eres tan complicada?
-La verdad es que... Lo siento.
Se acerca lentamente a mí, y yo estoy a punto de romper a llorar, y no entiendo por qué.
-¿Te has enamorado alguna vez?- Me pregunta, cerca de mí.
Estamos parados, uno frente al otro, al lado de la valla de mi casa.
-No lo sé.- Respondo, no quiero hablarle de Jaime. Hace mucho que enterré a Jaime en mi pasado.
-¿Tienes miedo de hacerlo?
Yo asiento, tímida.
Él sonríe, está a punto de besarme pero no lo hace.
-No te preocupes, te daré todo el tiempo que necesites.
Y tiempo era lo que apenas teníamos. Sí un par de meses, pero no tiempo para los dos. No todo el que yo necesitaba. A partir de ése momento las cosas pasaron rápidamente, y cada minuto que pasaba, algo en mi vida cambiaba, algo crecía y algo se iba. O alguien.
-Ya hemos llegado.- Dice él y me bajo de la moto, y él también.
-Quería preguntarte algo.- Dice, deteniéndome.
Yo me giro, esperando su pregunta.
-¿No te gusto?
-No es éso, Julián...
-¿Por qué eres tan complicada?
-La verdad es que... Lo siento.
Se acerca lentamente a mí, y yo estoy a punto de romper a llorar, y no entiendo por qué.
-¿Te has enamorado alguna vez?- Me pregunta, cerca de mí.
Estamos parados, uno frente al otro, al lado de la valla de mi casa.
-No lo sé.- Respondo, no quiero hablarle de Jaime. Hace mucho que enterré a Jaime en mi pasado.
-¿Tienes miedo de hacerlo?
Yo asiento, tímida.
Él sonríe, está a punto de besarme pero no lo hace.
-No te preocupes, te daré todo el tiempo que necesites.
Y tiempo era lo que apenas teníamos. Sí un par de meses, pero no tiempo para los dos. No todo el que yo necesitaba. A partir de ése momento las cosas pasaron rápidamente, y cada minuto que pasaba, algo en mi vida cambiaba, algo crecía y algo se iba. O alguien.
martes, 20 de mayo de 2014
Capítulo dieciséis: Ausencia.
Hoy quiero hablar de ausencias. Hoy, que hace tanto tiempo que el sol no brilla como cuando sonreíamos juntos, hoy, que la luna no me lleva a un lugar alejado del mundo, hoy, que hay nubes en el cielo y parece que vaya a llover de un momento a otro. Hoy, cobijada bajo un paragüas, con la libreta apoyada en las piernas, sentada en un banco de una estación de tren, ésa estación que un día de hace mucho tiempo me vio partir. Y no, no hablo de viaje en tren, hablo de bocas. Ésta estación vio mi corazón partirse. Fue lo primero que vi al volver a mi pueblo. La estación. Y aquella noche también llovía. O madrugada más bien. No me preguntes por qué, pero uno de los días más tristes de mi vida fue aquel en el que para despertarme no lo tenía a él en la puerta de mi casa, con una rosa o un regalo, con un abrazo o su sonrisa. Uno de los días más tristes de mi vida fue aquel en el que tuvimos que despedirnos con dos besos, en lugar de uno. Aquel día en que ni siquiera me abrazó y yo estaba tan fría como éste anden mojado por la lluvia. O ya no sé si lluvia o lágrimas, pero sí, le echo de menos. Le echo tanto de menos que no lo puedo soportar. Y un tren se detiene. Y comprendo que éso es el amor: arriesgarse, subirse a un tren y no saber a qué nivel de destrucción llegarás. O quizás éso es la vida, y Sandra; mi mejor amiga y Rocío y el resto se quedaron en paradas anteriores. Tren, ¿a dónde me llevas? Vida, ¿a dónde quieres que vaya? Si con tan sólo volver a ver su sonrisa sería capaz de atravesar mil paradas más. Si por tan sólo abrazarle atravesaría el mapa, de punta a punta, ciudad tras ciudad, a pie, porque juro que nunca he visto una sonrisa como la suya, una sonrisa que llene mi vacío. Me siento un zombie escribiendo todo ésto,... Zombie. Mi Chombi. Julia. ¿Sabes que Julia se ha mudado aquí a vivir? Algo bueno había que sacar de todo ésto, de todo éste desastre, de toda ésta mierda de vida que llevo. Julia ahora estudia en mi instituto, y nos pasamos los recreos juntas, somos mejores amigas, creo. Capaces de compartir media hora diaria de silencio sin sentirnos incómodas.
-¿Qué haces aquí?- Me pregunta una voz que se detiene justo a mi lado.
Levanto la vista del papel y ahí está ella, Chombi. Bajo un paragüas negro.
Lleva un abrigo negro también que le llega a los tobillos, y el pelo recogido en un moño en lo alto de la cabeza.
-¿Qué haces tú aquí?- Pregunto yo, cerrando el cuaderno.
-Desde que vivo aquí me gusta venir a éste banco a desahogarme.
-¿Puedo preguntarte algo?
Ella asiente.
-¿Qué fue de ellos? ¿De los que quedaron?
Ella guarda silencio antes de comenzar a narrarme qué fue de todos y cada uno de ellos.
-¿Qué haces aquí?- Me pregunta una voz que se detiene justo a mi lado.
Levanto la vista del papel y ahí está ella, Chombi. Bajo un paragüas negro.
Lleva un abrigo negro también que le llega a los tobillos, y el pelo recogido en un moño en lo alto de la cabeza.
-¿Qué haces tú aquí?- Pregunto yo, cerrando el cuaderno.
-Desde que vivo aquí me gusta venir a éste banco a desahogarme.
-¿Puedo preguntarte algo?
Ella asiente.
-¿Qué fue de ellos? ¿De los que quedaron?
Ella guarda silencio antes de comenzar a narrarme qué fue de todos y cada uno de ellos.
miércoles, 14 de mayo de 2014
Capítulo quince: Un poema.
Me sentía libre por fin. Salí de casa a las cinco y media, arreglada. Llevaba puesto un vestido de leopardo que me llegaba justo por el borde de la ropa interior y unos zapatos negros de tacón. Odiaba ésa ropa, odiaba ponerme bonita, porque más que bonita me sentía como una pieza sin encajar, como si te cruzaras por la calle con un político disfrazado de payaso. Y ahí estaba yo, en la puerta de mi casa, caminando directa, decidida hacia Julián.
Me miro en el espejo un segundo antes de salir de casa, para asegurarme de que todo esté bien dentro de lo que cabe.
Examino mi cara y mi cuerpo con detenimiento.
Tengo un rostro redondo con una nariz larga, unas cuantas pecas repartidas por la nariz y debajo de los ojos, y mis ojos son de un color marrón intenso. El pelo me cae a un lado de la cara, negro como el carbón, liso. Me llega hasta los pechos, y por detrás hasta lo más bajo de la espalda. "Y que tienes un antojo en lo más bajo de la espalda donde pierdo la memoria" dice Melendi en una de sus canciones. Yo no tengo un buen culo, ni unos pechos demasiado grandes. Estoy delgada, aunque tengo un poco de tripa. Soy una chica alta. Salgo de casa tras lanzarle una última sonrisa a mi reflejo.
Está esperándome fuera, sonriente.
Camino hacia él.
Nos damos dos besos en las mejillas.
-¿A dónde quieres que vayamos?- Me pregunta él, tendiéndome un casco.
-No conozco nada de aquí, excepto la playa del Socorro y el mercado, y no quiero volver.
-Tengo una idea, ¿te apetece que vayamos al muelle?
-Donde sea, Julián.- Dije, subiéndome a la moto, detrás de él.
En mi cabeza sonaba la letra de una canción de Melendi; "Autofotos".
Hace tiempo que te observo; un día más del que te quiero, mujer.
Ojalá alguien me observara ahora, ahora que tan insegura y rota estoy.
Ojalá fuese él quien volviera a observarme como lo hizo aquel verano.
Ojalá volviese a ocurrir todo, sin perder en la batalla del amor.
-¿Dónde estamos?- Pregunto, impresionada por la belleza del lugar.
Estamos en un camino de tierra, subidos a la moto, y a ambos lados se extiende una especie de jardín enorme de rosas. Las hay de todos los colores. El sol cae sobre nosotros. Es un sitio precioso, con sus montañas de fondo y el cielo azul y sin nubes.
-¿Dónde estamos?- Repito, por si él no me ha entendido, boquiabierta.
-Siempre que necesito inspirarme visito éste lugar. No sé cómo se llama, sólo sé que está apartado de todo, yo lo llamo "El jardín de los amores imposibles", pues aquí han nacido varias de las historias que escribo.
-¿Escribes?
-Es mi mayor afición, escribir, observar el mundo desde mis ojos, ponerme en los zapatos de otra persona.
-¿Sólo narrativa?
-Poesía también a veces. Depende de la musa.
-¿Sabrías recitarme alguna de memoria?- Pregunto, interesada.
-Por éso te he traído aquí. Quería que escucharas algo que anoche escribí... Para ti.- Dice él, sacándose un papel del bolsillo y sonrojándose.
-Seré caricia en tu piel, seré un beso dulce, seré el sabor de la miel, no una despedida agridulce...- Comienza él.
Esto no está bien, pienso.
-¿Qué hora es?- Pregunto, nerviosa.
Él me mira y entiende que estoy incómoda.
-Ah, que tú no...- Murmura él.
Que tú no sientes lo mismo, termino la frase yo en mi cabeza.
Yo niego con la cabeza. Estoy a punto de llorar.
-Te llevo a casa.- Dice.
-Quedémonos, por favor. Ven, paseemos.
Me miro en el espejo un segundo antes de salir de casa, para asegurarme de que todo esté bien dentro de lo que cabe.
Examino mi cara y mi cuerpo con detenimiento.
Tengo un rostro redondo con una nariz larga, unas cuantas pecas repartidas por la nariz y debajo de los ojos, y mis ojos son de un color marrón intenso. El pelo me cae a un lado de la cara, negro como el carbón, liso. Me llega hasta los pechos, y por detrás hasta lo más bajo de la espalda. "Y que tienes un antojo en lo más bajo de la espalda donde pierdo la memoria" dice Melendi en una de sus canciones. Yo no tengo un buen culo, ni unos pechos demasiado grandes. Estoy delgada, aunque tengo un poco de tripa. Soy una chica alta. Salgo de casa tras lanzarle una última sonrisa a mi reflejo.
Está esperándome fuera, sonriente.
Camino hacia él.
Nos damos dos besos en las mejillas.
-¿A dónde quieres que vayamos?- Me pregunta él, tendiéndome un casco.
-No conozco nada de aquí, excepto la playa del Socorro y el mercado, y no quiero volver.
-Tengo una idea, ¿te apetece que vayamos al muelle?
-Donde sea, Julián.- Dije, subiéndome a la moto, detrás de él.
En mi cabeza sonaba la letra de una canción de Melendi; "Autofotos".
Hace tiempo que te observo; un día más del que te quiero, mujer.
Ojalá alguien me observara ahora, ahora que tan insegura y rota estoy.
Ojalá fuese él quien volviera a observarme como lo hizo aquel verano.
Ojalá volviese a ocurrir todo, sin perder en la batalla del amor.
-¿Dónde estamos?- Pregunto, impresionada por la belleza del lugar.
Estamos en un camino de tierra, subidos a la moto, y a ambos lados se extiende una especie de jardín enorme de rosas. Las hay de todos los colores. El sol cae sobre nosotros. Es un sitio precioso, con sus montañas de fondo y el cielo azul y sin nubes.
-¿Dónde estamos?- Repito, por si él no me ha entendido, boquiabierta.
-Siempre que necesito inspirarme visito éste lugar. No sé cómo se llama, sólo sé que está apartado de todo, yo lo llamo "El jardín de los amores imposibles", pues aquí han nacido varias de las historias que escribo.
-¿Escribes?
-Es mi mayor afición, escribir, observar el mundo desde mis ojos, ponerme en los zapatos de otra persona.
-¿Sólo narrativa?
-Poesía también a veces. Depende de la musa.
-¿Sabrías recitarme alguna de memoria?- Pregunto, interesada.
-Por éso te he traído aquí. Quería que escucharas algo que anoche escribí... Para ti.- Dice él, sacándose un papel del bolsillo y sonrojándose.
-Seré caricia en tu piel, seré un beso dulce, seré el sabor de la miel, no una despedida agridulce...- Comienza él.
Esto no está bien, pienso.
-¿Qué hora es?- Pregunto, nerviosa.
Él me mira y entiende que estoy incómoda.
-Ah, que tú no...- Murmura él.
Que tú no sientes lo mismo, termino la frase yo en mi cabeza.
Yo niego con la cabeza. Estoy a punto de llorar.
-Te llevo a casa.- Dice.
-Quedémonos, por favor. Ven, paseemos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)