Hoy quiero hablar de ausencias. Hoy, que hace tanto tiempo que el sol no brilla como cuando sonreíamos juntos, hoy, que la luna no me lleva a un lugar alejado del mundo, hoy, que hay nubes en el cielo y parece que vaya a llover de un momento a otro. Hoy, cobijada bajo un paragüas, con la libreta apoyada en las piernas, sentada en un banco de una estación de tren, ésa estación que un día de hace mucho tiempo me vio partir. Y no, no hablo de viaje en tren, hablo de bocas. Ésta estación vio mi corazón partirse. Fue lo primero que vi al volver a mi pueblo. La estación. Y aquella noche también llovía. O madrugada más bien. No me preguntes por qué, pero uno de los días más tristes de mi vida fue aquel en el que para despertarme no lo tenía a él en la puerta de mi casa, con una rosa o un regalo, con un abrazo o su sonrisa. Uno de los días más tristes de mi vida fue aquel en el que tuvimos que despedirnos con dos besos, en lugar de uno. Aquel día en que ni siquiera me abrazó y yo estaba tan fría como éste anden mojado por la lluvia. O ya no sé si lluvia o lágrimas, pero sí, le echo de menos. Le echo tanto de menos que no lo puedo soportar. Y un tren se detiene. Y comprendo que éso es el amor: arriesgarse, subirse a un tren y no saber a qué nivel de destrucción llegarás. O quizás éso es la vida, y Sandra; mi mejor amiga y Rocío y el resto se quedaron en paradas anteriores. Tren, ¿a dónde me llevas? Vida, ¿a dónde quieres que vaya? Si con tan sólo volver a ver su sonrisa sería capaz de atravesar mil paradas más. Si por tan sólo abrazarle atravesaría el mapa, de punta a punta, ciudad tras ciudad, a pie, porque juro que nunca he visto una sonrisa como la suya, una sonrisa que llene mi vacío. Me siento un zombie escribiendo todo ésto,... Zombie. Mi Chombi. Julia. ¿Sabes que Julia se ha mudado aquí a vivir? Algo bueno había que sacar de todo ésto, de todo éste desastre, de toda ésta mierda de vida que llevo. Julia ahora estudia en mi instituto, y nos pasamos los recreos juntas, somos mejores amigas, creo. Capaces de compartir media hora diaria de silencio sin sentirnos incómodas.
-¿Qué haces aquí?- Me pregunta una voz que se detiene justo a mi lado.
Levanto la vista del papel y ahí está ella, Chombi. Bajo un paragüas negro.
Lleva un abrigo negro también que le llega a los tobillos, y el pelo recogido en un moño en lo alto de la cabeza.
-¿Qué haces tú aquí?- Pregunto yo, cerrando el cuaderno.
-Desde que vivo aquí me gusta venir a éste banco a desahogarme.
-¿Puedo preguntarte algo?
Ella asiente.
-¿Qué fue de ellos? ¿De los que quedaron?
Ella guarda silencio antes de comenzar a narrarme qué fue de todos y cada uno de ellos.
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