miércoles, 30 de abril de 2014

Capítulo ocho: Una valiosa lección.

Hoy he venido aquí, y no espero hablar de nada interesante, sólo de una de mis teorías. La pensé anoche antes de irme a la cama. Puzzles. Sí, habéis leído bien. A los ocho o nueve años estaba obsesionada con ellos, me entretenían, me divertían durante horas. Por Navidad siempre pedía puzzles, y anoche, dando vueltas por mi cuarto, en uno de los cajones de debajo de mi cama encontré uno, y ahí fue cuando comprendí realmente el amor. Me acordé de unas palabras que él me dijo un día cualquiera, y comprendí lo que significaba amar. Él me dijo "Eres la pieza que llevaba tiempo buscando, la que termina de formar el puzzle de mi corazón". Cursi, lo sé. Demasiado cursi, los chicos normalmente suelen hablarte de fútbol o ésas cosas, no de sentimientos, los chicos normalmente suelen hablar de deportes o de sexo, no son capaces de entender lo que es la música. Él sí, él era ésa melodía perfecta, como una de las canciones de Melendi, él era "Tu jardín con enanitos", si no lo has hecho deberías de escucharla. Bueno, como iba contándote: Anoche, vi el puzzle, sin formar. Y descubrí que cada persona somos una única pieza de ése puzzle, y cada puzzle forma un mundo; su mundo interior, sus opiniones, su gente, su manera de vivir, su manera de sentir. Él, en realidad formaba parte de otro puzzle distinto al mío, tenía un mundo interior demasiado distinto al mío. Él tenía su mundo, su gente. Éramos distintos. Demasiado distintos para encajar. Ahora bien, centrémonos en el dibujo de uno de los puzzles: Un corazón, por ejemplo. El dibujo es el sentimiento, y aunque las piezas no encajen ni puedan encajar nunca por la forma que tienen hay una manera de unirlas. Si el dibujo encaja, todo encaja. ¿Qué más da? Pues él y yo, piezas de dos puzzles diferentes logramos encajar nuestros dibujos, nuestro amor. Sólo hizo falta un poquito de cinta adhesiva, aunque nuestra manera de sentir, de pensar, de amar fuera tan diferente como el día y la noche. Por éso solo quería decirte que si quieres a alguien, nunca te guíes porque la gente diga que es imposible que estéis unidos por lo distintos que sois, lucha, gasta toda la cinta adhesiva, que como dice el título de una canción de Extremoduro "ama, ama, ama y ensancha el alma". Los imposibles no existen. 
Y de imposibles trata la historia de Julia. Sé que no te he hablado de ella hasta ahora. En el pueblo la llamaban "zombie" por todo lo mal que lo había pasado a lo largo de su vida, ella misma decía que ya no vivía, que estaba muerta en vida. Un escalofrío acaba de recorrer mi espalda. Aitana; su mejor amiga, zombie y yo tomamos café un día juntas. En ése único día me contó algunas cosas de su vida, y me encariñé con ella, tanto que cuando en mi grupo de amigos la criticaban o hablaban mal de ella sin conocerla, defendía a zombie, o como a mí me gustaba llamarla "Chombi". No sé qué habrá sido de ella, solo sé que era una tía con una fortaleza y una vitalidad única, capaz de salir de cualquiera de sus problemas. Y supongo que ésta es mi manera de decírselo: Chombi, aunque no me leas, estés donde estés, aquí tienes mi apoyo, pequeña. 

viernes, 25 de abril de 2014

Capítulo siete: El misterioso chico de aquella tarde.

Aquel verano fue el mejor verano de toda mi vida, sin duda alguna.
Aquel verano, el patito feo se convirtió en cisne. Aquel verano, crecí.
Aprendí lecciones que otros necesitan una vida. Estuve a punto de morir varias veces, también tengo que decirlo. Y la primera vez fue ésa misma noche, alrededor de las diez y media, después de cenar.

-¿Enserio vamos a ir a la fiesta?- Le susurro a mi hermano. Los dos estamos en mi habitación. Hoy hemos deshecho las maletas.
-El chico ése era raro, ¿verdad?- Me pregunta mi hermano, en un susurro a la vez.
No, no se refiere a Julián. Se refiere al chico de ésta tarde. 

Haber, os cuento, no me mires con ésa cara tan rara. Faltaba una parte por contarte, pero claro, de él sí que no quiero hablarte tan pronto. Por favor, no me presiones para que lo haga, ya lo conocerás. Y cuando aparezca, sabrás que es él de un modo u otro.

-Bastante.- Le respondo a David, susurrando también.
-¿Conocerá al tío de verdad, o habrá sido sólo un cuento?
-Bah, yo no le daría más importancia. Seguro que no volvemos a verle en todo el verano.
-¿Pero y si fuese verdad?
-¿Si fuese verdad...? No conozco a nuestro tío, pero habría presentado a su hijo al resto de familia, digo yo. No puede aparecer de pronto un chaval de dieciocho o diecinueve años diciendo que es hijo de nuestro tío. Dejemos éste tema, anda. ¿Vamos a ir a la fiesta? El tío ya ha tenido que dormirse.
-¿Cogemos su furgoneta?
-Claro que sí.- Respondo, con ironía. Mi hermano no tiene carné de conducir.

De ésa noche te hablaba cuando te he dicho que estuve a punto de morir.
Y ahora también estoy a punto de morirme de sueño. Así que lo dicho:
Buenas noches cariño,
                                      Celia.
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Cogimos la furgoneta tras mucho pensarlo. Yo pensé que moriríamos en un accidente de tráfico. Así que nada más sentarme en el asiento del copiloto de la furgoneta, cerré los ojos muy fuerte, y simplemente me dejé llevar por los recuerdos de aquel chico, por la conversación. 
-Y él es Aitor.- Lo presentó Rocío. 
Él estaba en otro puesto del mercado, mirando unos discos.
Nos dimos dos besos en las mejillas, y luego se estrechó la mano con mi hermano.
-Debéis de ser nuevos, no os he visto nunca por aquí.- Dijo el chico.
Yo asentí.
-Nuestro tío trabaja en éste mercado vendiendo flores.
-¿Alberto es vuestro tío?
-El mismo.
-Entonces creo que debería de presentarme de otro modo, primos.
-¿Primos?- Preguntó David, extrañado.
-Primos. Alberto es mi padre.
-¡¿Que Alberto es tu qué?!
-Éso no puede ser.- Dijo David, tajante.
-¡Aitor!- Lo llamó un chico desde otro puesto.
-Ahora tengo que irme, encantado.
Y desapareció, tal y como había aparecido. Y ahí fue cuando aparecieron los verdaderos enigmas.

miércoles, 23 de abril de 2014

Capítulo seis: Extremoduro en el día de mercado.

Ya hace un rato que llegamos a la plaza donde ponen el mercado, y hemos ayudado a mi tío a montar su puesto. David y yo nos hemos encargado de colocar toda la mercancía que hemos traído en su furgoneta sobre la mesa.
-Tío, tengo hambre.- Me quejo.
-¿Quieres ir a otro puesto y compras churros con chocolate para todos?- Me pregunta. La gente está empezando a llegar al mercado. Clientes. Todo está preparado. En el resto de puestos también.
-Hagamos un trato, tío. Celia y yo nos vamos a desayunar mientras nos paseamos un rato por el mercado y después te ayudamos a vender. ¿Te parece bien?- Propone David.
Mi tío asiente con la cabeza. Es extraño, esperaba que nos gritase, no que nos diera un voto de confianza.
Comenzamos a andar David y yo por las calles repletas de puestos, y entonces, ocurre.
En ése momento mi mirada encontró una sonrisa preciosa, luego sus ojos marrones e irremediablemente se posó en sus pecas, y en su pelo rubio ceniza. Era guapa. Guapísima. E iba cogida de la mano de él. Pero aún no puedo revelarte quién es él. Al pasar por su lado, me sentí inferior. Me sentí fea por primera vez en mi vida, creo. Osea, no sé si era la primera vez, pero sentí vergüenza de mis muslos, que vagaban a sus anchas por el mercado debajo de mis pantalones vaqueros cortos.
La chica llama la atención del chico soltándose de su mano y poniéndole delante una camiseta negra de un grupo de música.
-Vamos, cómpratela. Es Extremoduro, tío.- Le insiste.
-¿Cuánto cuesta?- Le pregunta el chico al vendedor. No escucho lo que le responde el vendedor.
-Dios, Extremoduro, colega.- Mi hermano se ha acercado a ellos corriendo. Ama Extremoduro. Desde siempre.
-¿Te gusta Extremoduro, amigo?- Le pregunta el chico a mi hermano.
Mi hermano asiente con la cabeza.
-Ojalá pudiera comprármela. Pero no tenemos dinero. Hemos venido aquí como castigo por sacar malas notas.
-Mira, hacemos un trato. Yo te regalo la camiseta. Tú apareces en la fiesta de la playa de ésta noche, ¿trato hecho?- Le dice la chica, pegándose mucho a mi hermano, sonriéndole.
-David, vámonos.- Le pido.
Me intimida la cercanía de ésa chica.
Quiere ligar con mi hermano.
-Espera, Celia. ¿Y cómo sabrás que no miento para que me regales la camiseta?
-Porque te la daré yo misma, ésta noche. A las doce en punto, en la playa del Socorro.
-Suena espantoso. ¿Se llama así?- Pregunto.
-Sí, no está demasiado lejos de aquí.
-Vivimos lejos de aquí. La casa de nuestro tío está a varios kilómetros.
-Está bien, decidle que os lleve.
-Podemos intentarlo. Por cierto, mi nombre es David.
-Yo me llamo Rocío. ¿Y tú, monada?- Me pregunta.
-Yo me llamo Celia.
-Él es Julián.

lunes, 7 de abril de 2014

Capítulo cinco: El gran tsunami.

Ha pasado demasiado tiempo desde aquel día, pero recuerdo perfectamente lo que estaba soñando cuando mi tío me despertó. Yo era la única persona que estaba en el sueño. Me rodeaban cuatro paredes blancas muy altas, y ésas paredes poco a poco estaban más juntas, cada vez había menos suelo, y tenía menos espacio para moverme. El techo tan solo era la oscuridad de una noche estrellada. Hasta que me aplastaron. En el sueño no moría, en el sueño solamente me veía aplastada, cada vez más pequeña, cada vez más doblada, y las paredes se iban acercando más y más hasta que...

-¡HORA DE DESPERTARSE!- Grita mi tío desde la puerta. 
Yo me levanto sobresaltada. Estoy toda sudada. 
Supongo que anoche me quedé dormida hablando con David, porque sigo llevando la misma ropa que ayer. No comí nada en todo el día, y me muero de hambre. Me encerré en mi cuarto, enfadada y allí pasaron las horas, así pasó el día entero.
Miro las paredes buscando el reloj azul que colgaba de una de las paredes de mi cuarto de antes, pero no está. Seguro que estará en las maletas.
-¿Qué hora es?- Murmuro, agotada aún.
-Las siete de la mañana casi.- Responde.
-Quiero seguir durmiendo...- Me quejo.
-¡Arriba!- Me ordena él.
-He dicho que quiero seguir durmiendo.- Repito yo.
Entonces mi hermano se acerca por detrás de mi tío.
-¿Qué pasa? Son sólo las seis y media de la mañana.
-¡¿Las seis y media?! ¡DEJADME DORMIR!- Grito yo, histérica, y me tapo la cabeza con la manta.
Por unos segundos no escucho nada más que a mi tío bajando las escaleras, y a mi hermano cerrando de un portazo la puerta de su habitación. Y silencio. Y quiero dormir. Durante todo el verano.

Está claro que yo no sabía que acababa de empezar una vida nueva, en un sitio nuevo, donde nadie me conocía. Está claro que yo no sabía que para soñar no se necesita dormir, que los verdaderos sueños ocurren y se cumplen de repente. 

Noto frío. Me siento mojada. Tirito. Y me sobresalto, como si acabase de llegar a mi cama un maremoto de agua congelada. Como si viajase en el Titanic y éste se estuviera hundiendo en el mar helado.
Me levanto de un brinco de la cama y veo a mi tío con un cubo de plástico azul en las manos. Me ha tirado agua congelada en la cama. No puedo creerlo.
-¿Pero de qué vas, viejo?- Le pregunto, enfadada.
-Hoy no necesitas ducharte.- Bromea él.
Me dan ganas de abofetearlo.
-¡David, arriba!- Grita.
Y David sale de su cuarto.
-¿Qué quieres a éstas horas, tío?- Le pregunta, enfadado.
-Que os despertéis, hoy toca mercado.

sábado, 5 de abril de 2014

Capítulo cuatro: Érase una vez un mal comienzo.

-¡¿Que has suspendido cuatro?!- Grita mi madre, enfadada desde la cocina cuando entro en mi casa.
-¿Cómo has podido suspender tantas, David, hijo mío?- Le reprocha mi padre, desde el salón.
Son algo así como las once y media de la mañana, y todavía no han visto mis notas... Cuando las vean, les va a dar un infarto, seguro. 
-Ya estoy en casa.- Grito yo, intentando que dejen a mi hermano en paz.
David es el mejor hermano del mundo mundial. Él es solo un año mayor que yo, sin embargo, siempre me ha protegido y tratado como una reina, cuando me reñían a mí incluso él hacía algo peor que yo para que me dejaran en paz, es lo mínimo que puedo hacer yo ahora.
-¿Cuántas, Celia?- Pregunta mi madre a gritos desde la cocina.
-¿Has suspendido alguna, cariño?- Me pregunta mi padre, él siempre ha sido más tranquilo que mi madre, y también más cariñoso. 
Por fin han dejado a mi hermano en paz. Yo no respondo, camino hasta el salón y dejo el boletín de las notas sobre la mesa, delante de mi padre.
Él se persigna antes de mirarlas, y cuando termina, su cara está pálida.
Mi padre comienza a gritarme como nunca lo ha hecho antes, mi madre sale de la cocina, coge el boletín, mira las notas con los ojos como platos y cuando descubre que he suspendido siete de nueve asignaturas me da una bofetada.
-Tenemos que hacer algo para escarmienten, María.- Le dice mi padre a mi madre.
Mi madre solloza delante mía.
-David, sal de tu cuarto ahora mismo.- Le ordena mi padre a mi hermano gritando.

Yo me quedé pasmada. Aquella era la primera vez que mi madre me daba una bofetada. Y a partir de ése momento, nuestra relación cambió. Antes, cuando tenía algún problema recurría siempre a mamá, la buena de mamá, la mejor madre del mundo, sin embargo, desde ése momento mi madre pasó de ser una amiga más, mi confidente, a ser sólo la mujer que tiene la obligación de cuidarme hasta que yo sea mayor de edad y coja mis maletas, mis cosas y me vaya de su vida para siempre. Cuando salió mi hermano, mi padre nos dijo que estábamos castigados todo el verano, que nos iríamos a casa de su hermano, que le ayudaríamos a todo lo que necesitase, que íbamos a aprender lo que era ganarse la vida. Yo le pregunté si podía llamar a Sandra, él negó con la cabeza. Mi hermano y yo nos quedamos helados, paralizados, de piedra. Y supongo que aquella mala decisión de mi padre nos llevó a tener un verano realmente increíble, así como un final realmente desastroso. Hicimos nuestras maletas rápidamente y para cuando cayó el sol, nosotros ya habíamos partido, los cuatro, a un pueblo costero perdido de la mano de Dios, yo pasé todo el camino abrazada a mi hermano llorando. Me sentía cobijada sin duda entre sus brazos, como si alguien me entendiera. Y era cierto, me entendía. Los dos estábamos viviendo lo mismo, y a los dos nos estaban arrancando el verano, los amigos, las fiestas, todos los planes que teníamos y a mí me estaban arrancando del corazón, de las entrañas mi amistad con Sandra. Nunca jamás pude decirle que me había ido, y te preguntarás que por qué no la llamé; mi padre también nos quitó los teléfonos a David y a mí. Recuerdo que hubo un momento en el que dejé de llorar, y simplemente me quedé dormida. Ahí, cobijada entre los brazos de David. Suerte es lo que tendría la chica que lograra enamorarlo, y suerte es lo que tuvo Rocío. Mi hermano era el mejor hermano del mundo, y ése verano descubrí que podía ser el mejor confidente del mundo, y estoy segura de que también el mejor novio del mundo. 
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Me despertó el amanecer, o la música que comenzó a sonar desde la radio, o quizás fue la brisa, que se colaba desde la ventanilla que David había abierto. Y llegamos al pueblo. Y al rato a la casa de mi tío. Ahí, apartada de todo, en mitad de dios sabe dónde. Era una casa bastante grande, de dos plantas, con un patio exterior lleno de plantas rodeado por una valla altísima. El patio también contaba con piscina. 

Mi padre toca el claxon varias veces, para que su hermano sepa que hemos llegado. Supongo que lo avisaría anoche y que él aceptó tenernos como esclavos durante todo el verano.
Mi hermano me abraza más fuerte cuando la puerta de la casa se abre y aparece un hombre bajito, calvo y regordete. Le brilla la calva a la luz del amanecer. Me río yo misma de mi pensamiento. El hombre abre también la puerta de la valla metálica y se aproxima a nuestro coche. Es idéntico a mi padre, sólo que bastantes años mayor que él. Siento miedo; éste hombre tiene pinta de estar amargado.
-Bajaos del coche y coged vuestras maletas.- Es lo primero que dice, como si nos conociera de toda la vida. Mi hermano se separa de mí y se baja del coche, él siempre ha sido de obedecer sin rechistar.
-Mamá, ¿no te parece ridícula la situación de que nos enviéis a David y a mí a vivir con un viejo al que no vemos posiblemente desde nuestra primera comunión?- Pregunto.

Y aquella fue la última vez en mi vida en que la llamé mamá, y claro que el verano acabó, y claro que el matrimonio y la convivencia de ellos dos se acabó, y claro que se separaron, y claro que mi madre necesitó mi apoyo, que yo la abrazara las noches en las que ella lloraba sola en su cama, pero no lo hice. Nunca lo hice.
Ése hombre me ordenó a gritos que me bajara del coche y cogiera mis putas maletas. Y "putas" lo dijo él, no yo. Y mi hermano se le quedó mirando mal. Sé que si me hubiera faltado al respeto directamente a mí o me hubiera tocado, mi hermano le abría partido los dientes. 
Yo obedecí, me bajé resoplando del coche, pegué un portazo, cogí mis cosas y pasé furiosa al interior del patio. Tan furiosa que lloraba en silencio. Mi primer pensamiento fue escapar. David y yo nos escaparíamos. 

-¿Dónde está la tele?- Pregunto yo nada más entrar y dejar las maletas tiradas en el salón.
Mi tío va detrás de mí, y detrás de él David.
-Te equivocas si crees que éstas van a ser unas vacaciones de ensueño, Celia.- Dice él, enfadado.
-No quiero estar aquí como comprenderás, y lo único que puede hacer ésto más ameno es ver la tele, así que dime ya dónde está.- Ordeno. Estoy enfadada. Mucho. Y grito. Mucho.
Mi hermano se queda paralizado.
-¿No hay tele? Está claro que nuestros padres quieren amargarnos.- Se queja él.
-No, no hay tele. Podéis vivir sin tele ni teléfono móvil.
-¿Incomunicada en un pueblo de mierda viviendo tres meses con un viejo gruñón? Ahora entiendo bien por qué...- Estoy a punto de gritarle "y ahora entiendo por qué tu mujer se suicidó", pero me callo. Aguanto. Cojo aire. Estoy a punto de echarme a llorar.
-¿Ahora entiendes bien el qué?- Me pregunta levantándome la mano, amenazante.
Yo miro a David, y David me mira a mí.
Él no hace nada. No me defiende.
-¿Cuál es mi cuarto?- Pregunto, intentando contener el llanto, la rabia.
-Nada más subir las escaleras, la primera puerta a mano izquierda.- Me indica.
Yo dejo las maletas ahí tiradas.
Comienzo a subir las escaleras, que ascienden pegadas a una de las paredes del fondo.
-Celia, recoge las maletas.- Me ordena.
Yo no digo nada. Dejo las maletas ahí. Y subo lentamente las escaleras, como desafiándole. Y me encierro en el que será mi dormitorio; un cuarto pequeño.

-¿Vamos a escaparnos ésta noche?- Le pregunto al cabo de un rato a mi hermano, que ha entrado en mi cuarto.
Él no responde. Se queda pensativo.
-Siento haberte arrastrado aquí por mis malas notas.- Se disculpa.
Yo lo abrazo, y él rompe a llorar. Y yo no logro entender por qué.

La primera razón para no irme fue David, que en cuanto anocheció decidió que lo mejor sería que nos quedáramos, la segunda la aparición en mi vida de dos personas totalmente nuevas, aunque éso fue al día siguiente en el mercado. Podré haber olvidado mil detalles de ése día, estoy segura. Pero su sonrisa, los dos cogidos de la mano como los mejores amigos que eran, su sonrisa sí que no la he olvidado. Se me eriza la piel en cuanto lo pienso.  

viernes, 4 de abril de 2014

Capítulo tres: Tres meses atrás.

Como cada vez que quedamos, voy a recoger a Sandra a su casa. Siempre me dice que le da miedo salir sola por si alguien la secuestra, así que pongo mi vida en juego yo y siempre voy sola hasta su casa. Son casi las cinco de la tarde, y ésta vez he sido puntual. Mes de Junio, día antes de recoger las notas. Un día para recordar, vaya que sí. ¡No voy a llegar tarde!
Camino deprisa, aún me quedan, calculo, unos cincuenta metros hasta la casa de Sandra. Y... Llego. Hemos quedado a las cinco, son las cuatro y cincuenta y ocho, así que me distraigo mirando el escaparate de la tienda de ropa que hay junto a su edificio. Qué diferente soy al resto de chicas, pienso. Ellas morirían por llevar en un día de calor como hoy una de ésas espantosas camisetas escotadas con estampado de flores que lucen los maniquís, y yo, con la camiseta que llevo soy la persona más feliz del mundo. Es una negra de manga corta con la inscripción en la parte delantera de "Melendi. Lágrimas desordenadas" y en la trasera "No pienses que estoy loca por vivir a mi manera". Sí, Melendi es mi cantante favorito, es más que éso, es... Es mi héroe, su música lleva salvándome desde la primera vez en la que realmente me paré a escucharlo. Porque sí, podría decir que llevo toda la vida escuchándolo, pero no es así. Llevo desde pequeñita oyéndolo, escuchándolo sin embargo desde hace dos o tres años.
Y ya es la hora. Toco al telefonillo y Sandra enseguida baja.
-Hola.- Me saluda, sonriente. Y ambas nos fundimos en un abrazo. Parece mentira, si hace sólo unas horas desde que nos hemos visto en clase, pero así somos ella y yo. Inseparables.
-¿Dónde vamos?- Le pregunto en cuanto nos separamos.
Ella sonríe. Por un segundo siento algo extraño en su sonrisa. Como si no fuese verdadera, como si escondiera algo. Y también yo sonrío, cuando en realidad me apetece llorar con sólo pensar que mi mejor amiga puede estar ocultándome algo.
-Vayamos al banco de las despedidas.
-¿Al banco de las despedidas?- Pregunto extrañada.
Ella asiente. El banco de las despedidas es un banco solitario de madera alejado del parque al que no solemos ir. A ése banco solamente va la gente a recibir o a dar una mala noticia, todo el mundo aquí lo sabe.
Caminamos juntas, en silencio. Durante unos veinte minutos más o menos. Lo único que digo es "¿es muy mala la noticia?" y ella se encoge de hombros. Y está a punto de llorar. Y es mi mejor amiga. Y no puedo abrazarla, porque no quiero que llore.
Y llegamos al banco, y nos sentamos.
Y yo guardo silencio.
Y ella empieza a hablar.
-Haber, Celia... Tú sabes que mi hermana sabe leer el Tarot, ¿no?
Yo asiento con la cabeza. Su hermana es buenísima leyendo las cartas a la gente.
-He preguntado por nuestra amistad, y las cartas le han dicho que está a punto de pasar por un mal trago que puede distanciarnos para siempre, o al menos, por un tiempo, y que hagamos lo que hagamos, éso ocurrirá...

Su voz temblaba, lo recuerdo bien, ella estaba acojonada. Y yo también. Y empezó a llorar, ni siquiera terminó de decirme todo lo que le habían mostrado las cartas. Yo la abracé fuerte y le prometí mil veces que ella y yo nunca nos íbamos a separar, que la quería demasiado como para que algo nos ocurriese. Y como ya sabes, por mucho que nos quisiéramos la una a la otra, antes o después ocurrió, y éso fue un día después. El gran día de las notas.

jueves, 3 de abril de 2014

Capítulo dos: Cómo encontrar un nombre perdido que nunca olvidaste.

Ahora camino sola por los solitarios pasillos del instituto. Segundo día de clase, el primer recreo, aunque para mi parece que llevo encerrada aquí dentro años. Parece una cárcel. Me siento sola y encerrada en un sitio en el que no quiero estar. Quiero libertad, quiero mi pasado, mi verano anterior. Un verano feliz, con él. Y sin ése final desastroso. Un verano sin final, imagínate. Mi sonrisa, ésa que se fue, de nuevo aquí. Imagínate. Y ahora camino sola. O ya no sé siquiera si camino sola. No queda gente en el pasillo, éso sí lo sé. Pero quizás alguien me acompañe. Quizás su espíritu camine a mi lado. Como la culpa. Dos lágrimas resbalan por mis mejillas. La culpa. Ella siempre me acompañará por no haber impedido nada de lo que ocurrió aquella noche, por haber llegado a tal límite de locura que...
-Eres Celia, ¿no?- Me pregunta una voz a mi espalda. Yo me giro y me encuentro a uno de los profesores que me darán clase éste año. El profesor de Historia. Asiento con la cabeza, fingiendo una sonrisa. -¿Por qué no sales al patio con el resto de alumnos?- Insiste.
Y a mí me da vergüenza decirle que no quiero salir, que no tengo amigos, así que opto por la salida fácil:
-No me encuentro muy bien, profesor. Me duele la barriga.
-Los nervios del segundo día.- Asiente, sonriendo.
-Exacto, por éso he decidido quedarme aquí sola, para intentar tranquilizarme.
El profesor me deja en paz, y yo me siento en las escaleras de la segunda planta, sola. Alguien ha escrito un nombre en la pared con rotulador negro. Me acerco para leerlo, por la curiosidad.
R-O-C-Í-O.
Se me nubla la vista de nuevo por las lágrimas, aunque ésta vez logro no llorar.
Apoyo la mano sobre el nombre, tapándolo.
-Parece que nunca te irás ni te quedarás, ¿verdad, Rocío?- Susurro.
Si aquella noche lo hubiera impedido... Si aquella noche hubiera dicho "basta" cuando aún podía, Rocío y yo... Suena el timbre. Fin del segundo recreo. Y fin del día también.
------------------------------------------------------------------------------------------------------------

No he dejado de darle vueltas en todo el día. R-O-C-Í-O. Estaba ahí escrito. Su nombre. Como si yo no me acordara de ella. Como si alguien quisiera que no la olvidara. Y creo que hoy es el día. Mi pasado me persigue, el accidente me persigue, el verano, ella. Ella... De no ser porque creía que Sandra y yo seguíamos siendo mejores amigas, me habría atrevido a decir que ella era mi mejor amiga. Confié en ella. Me separé de mi anterior vida, y hoy, que ella no está, que él tampoco y que me toca volver a la normalidad, quiero contarte a ti todo lo que ocurrió aquel verano. Y quiero empezar ya, sin rodeos. Sabrás de quién me enamoré, qué nos separó, o mejor dicho quién, te hablaré de las tardes en la piscina, de las escapadas, de los paseos en moto, de la primera borrachera, de la segunda y de todas las fiestas, de aquel concierto inolvidable, sabrás todos mis secretos, ¿y sabes por qué? Porque confío en ti. Un bonito principio para ti sería empezar hablándote de Rocío. Rocío. Rocío. Rocío. Pero no, éso es un mal trago, y podrías juzgarme por lo que hice si no conocieras lo que ocurrió antes. Decidido. Voy a contarte todo. Voy a confiar en alguien, después de tanto tiempo. Voy a revivir todo aquello de tu mano. Yo me desahogaré y tú me leerás. Sabrás que mi color favorito es el azul, que me encanta que me sorprendan con una bolsa de golosinas, sabrás que ésa noche pude impedir la muerte. No pienses que Rocío está muerta antes de saber nada. No lo sabes. No me conoces. Pero me conocerás. Aunque claro, de nuevo va siendo hora de dormir, así que buenas noches.
                 Celia.
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

El verdadero inicio de todo ésto no fue el día en que nos pillaron en la cama a Jaime y a mí. 
El verdadero inicio de todo ésto no fue el primer día de clase, cuando descubrí que Sandra y yo ya no éramos lo que fuimos, que el verano había enfriado nuestra amistad y que ella había conocido a Ángela, una perfecta sustituta con la que compartir insomnios, fiestas, risas, secretos y amores del pasado. El verdadero inicio de todo ésto no fue el segundo día de clase, aunque podría haberlo sido perfectamente en el momento en que encontré su nombre escrito en la pared. El verdadero inicio no será el día en que descubra lo mucho que Sandra ha cambiado. El verdadero inicio no será en una cafetería con Sofía, como en el verano. El verdadero inicio fue un día antes de las notas, aunque podría ser en cualquier momento. Y es que la vida es éso, ¿sabes? Un montón de etapas a medio cerrar, unas demasiado cerradas como para volver a abrirlas o revivirlas, otras, demasiado abiertas como para cerrarlas aún. Y yo, lo único que intento con todo ésto es volver a sentir el olor del mar, volver a sentir sus abrazos, aunque sólo sea por un segundo, mientras te explico lo inexplicable de sus abrazos, mientras te explico lo que nunca le expliqué a nadie: Qué fue lo que nos separó. Ya no sólo a él y a mí, no. A Sofía, Rocío, Damaris, Irene, Lucía y a mí. Te contaré todos mis secretos. Y quiero empezar hoy, aquí y ahora. Y mi primer secreto es que soy igual de culpable o incluso más que el resto de ésa muerte.
Dulces sueños,
                        Celia.

Capítulo uno: Lo que fue de Jaime.

Y aún recuerdo el momento en que comenzó a brillar el sol. Aún recuerdo el día en el que mi vida acabó, el día en que cambió el mundo. Para ti y para los tuyos no. Para ti fue un día normal y corriente, un día de celebración de tus éxitos, el día en que te entregaban las notas, con todo aprobado, con notas excelentes. Para mí, aquel día marcó un antes y un después en mi vida. Yo lo único que entendía por riesgo, era el cosquilleo ése que pasa por tu barriga cuando comienzas a copiarte en un examen. Yo lo único que entendía por amor era aquello que sentía por Jaime. Ay, Jaime. ¿Dónde estarás? Recuerdo también la última vez que lo vi, y mira tú por dónde, hoy me apetece hablar de ello. Jaime era mi mejor amigo. Ni siquiera pude decirle que le quería, ni siquiera pude aclararle que todo lo ocurrido para mí no fue un error. Ésto que ahora mismo estoy recordando, el último abrazo que nos dimos sin saber que sería el último. Fue en el mes de Febrero cuando todo éso que fuimos se rompió. Ahí, si es que lo he sido alguna vez en la vida, yo era una buena estudiante. Él era la parte buena de mi vida, mi buena influencia, mi ángel de la guarda. 

-Sandra, ¿sabes qué?- Le susurré a mi compañera de pupitre. Jaime estaba en la pizarra. Por aquel entonces, éramos los tres mejores amigos del planeta, y como era de esperar, nuestra amistad iba a ser una de ésas que ni el tiempo ni nada estropearía.
Sandra estaba embobada mirando a Jaime.
-¡Sandra!- Exclamé, levantando un poco el tono de voz.
Y ella no se enteró. Estaba concentrada, muy concentrada para estar en clase de matemáticas. No miraba el problema que Jaime estaba resolviendo en la pizarra, no copiaba el resultado a pesar de no haberlos hecho, no. Su mirada era la de quien ama en silencio. Y supe que no había mejor manera de morir que la de amar en silencio. Y yo... Yo la acabaría matando de dolor si algún día le confesaba que estaba empezando a sentir cosas por Jaime.
-¿Has dicho algo?- Me preguntó, volviendo en sí.
Yo negué con la cabeza.

Jaime era el mejor amigo que alguien pudiera tener. Fiel, sincero, cariñoso, divertido. Y era guapo. Ahora que lo pienso, tan guapo que no podría estar con semejante bicho raro como yo. Él pegaba más con Sandra. Y aunque doliese, tuve que aceptarlo. Y dolió. Lo pasé fatal. Enamorada del chico del que mi mejor amiga también lo estaba. Enamorada de mi mejor amigo. Y solo yo sé el final de ésa historia. Y ahora también tú lo sabrás, pero tienes que guardarme el secreto: Sandra no puede enterarse. Sé que puedo confiar en ti. Ocurrió semanas antes de que llegase Febrero. Una noche, sin saber por qué, una cosa llevó a la otra. Destino, creo que lo llaman. Bueno, en éste caso el destino cruel. Nos pillaron. Sus padres. Juntos en la cama. Sus padres a mí me odiaban, aunque nunca entendí por qué. 

-Túmbate a mi lado, anda.- Me dijo Jaime, ya tumbado en su cama. Aquel día, habíamos quedado para estudiar matemáticas, él iba a ser mi profesor particular, pero le apetecía descansar un rato antes de empezar.
-¿Y si entran tus padres?- Le pregunté.
-Mis padres nunca entran, tranquila.- Me aseguró él. Yo estaba sentada en el borde de la cama, y él me acarició la espalda.
-¿Seguro?- Insistí.
-Seguro. Qué bonita estás cuando te enfadas.
Yo sonreí. Como para no hacerlo con él cerca.
-Y cuando sonríes. Cuando sonríes también, niña.- Dijo él.
-Calla y vamos a estudiar.
-No. Hazme feliz y túmbate conmigo.- Me pidió, imitando la voz de un niño de cinco años.
Y me dio en los dos puntos débiles. Hacerle feliz y su voz de niño pequeño. Y accedí. Aunque me hubiera pedido que le bajara una estrella, si era con ésa voz, acabaría haciendo lo posible y lo imposible porque el niño tuviera su estrella.
Nos tumbamos los dos bocabajo, y él puso su mano en mi espalda.
-Me duele.- Me quejé.
Él apartó la mano. Él nunca me haría daño.
-La mochila, que pesa demasiado cada día, y me duele la espalda.- Especifiqué.
-Déjame hacerte un masaje.- Se ofreció.
Yo negué con la cabeza.
-Hazme feliz y déjame que te haga un masaje.
Sonreí. Cabrón.
Me mordí el labio.
Él se incorporó y se sentó sobre mi trasero, haciéndome un masaje sobre la camiseta.
-Mejor sin camiseta.- Dijo. Me la levantó un par de centímetros, me dio un beso en la espalda y se levantó para dejarme que me quitara la camiseta. -Te quiero.- Susurró.
Me levanté, y me quité la camiseta. ¿Por qué no? Había confianza.
Ahí no había, ni iba a haber, ni hubo sexo.
Me di cuenta cuando me la quité de que me había dicho "te quiero" y pude responderle, pero no lo hice. Pude hablar, pero no lo hice. Alguien nos observaba desde la puerta de su habitación. Su madre. Y nos separó.

Y ahora, quizás sí lo entiendo. Sandra era la novia perfecta para su hijo, yo no. Yo, a ojos de su madre era una arpía que quería separarlos. Y ella nos separó a nosotros. Cambió a su hijo de instituto, y la familia entera acabó mudándose, nunca supe a dónde, pero de un segundo a otro, Jaime sólo existía en mi mente. Los dos acordamos que le diríamos a Sandra que se mudaban por cuestiones de trabajo, para que ella nunca se sintiera traicionada, a pesar de que nunca fueron novios. Algunas noches como ésta, me pregunto qué significaba realmente ése "te quiero" que me dijo. Y aquel último abrazo, cuando se escapó de casa y vino a buscarme a la salida de clase solo para decirme que estaría bien, y que nunca lo olvidase. Yo le dije que aquello de quitarme la camiseta delante de él había sido un error, pero no. Nunca fue un error. Mi error fue no decirle que le quería antes de perder el contacto con él para siempre.
Me voy a dormir ya,
                                 Celia.

miércoles, 2 de abril de 2014

Prólogo:

Supongo que fue hace mucho éso de que dejamos de ir juntos a la piscina.
Supongo que fue hace mucho éso de que dejamos de ir a la piscina, así a secas. 
Supongo que fue hace meses que el verano dejó de ser verano. Y no, no dejó de ser verano a partir del último día que estuvimos en la playa. Dejó de ser verano a partir de la última vez que rocé sus labios. Es una teoría extraña, ¿no crees? Tan extraña que incluso daña éso de que la distancia de su cuerpo y el mío pueda ocasionar inviernos. Quizás es por éso que estoy escribiendo ésto, cobijada bajo una manta sentada en mi cama, calentita, con la libreta apoyada en las rodillas, exactamente donde él apoyó la cabeza aquella noche en la que ninguno de los dos podíamos dormir. Quiero liberar mi cuerpo de su calor, de su dolor. De su ausencia, que corta como el cristal. Y son casi las cinco de la mañana, y aún no he podido pegar ojo. Y mañana es el primer día, ¿sabes? A pesar de ser el mismo instituto de siempre, me parece un lugar repleto de desconocidos. Como ya sabrás, en éstos meses me distancié de todos por él. Puse un muro que nos separaba del mundo, y es que no quería que nadie entrara en lo nuestro, que nadie lo rompiera. Hasta Sandra y yo nos hemos distanciado. No tengo ni idea de nada de lo que ella habrá vivido en éstos meses y me duele. Antes de que todo ésto pasara, antes de que yo perdiera la cabeza por él, antes de que perdiera la sonrisa y mucho antes de los cortes que hoy esconden mis pulseras, ella y yo éramos uña y carne y hoy,... Hoy, después de tanto, después de éste verano, del entierro, no somos más que dos desconocidas. Estoy llorando, joder... Lo mejor será que me vaya a dormir, antes de terminar haciendo alguna gilipollez. Pero te seguiré contando mañana, ¿vale?
Buenas noches,
                             Celia.
------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Sin duda el instituto está distinto éste año. ¿O seré yo, que estoy creciendo? Quiero decir, ya no soy una niña. Terminé la ESO el curso pasado, y ahora estoy en el bachiller de Humanidades. Y no, a mi alrededor no faltan mochilas enormes con piernas, y hablo de los chicos de primero. Creo que éso es lo único que sigue igual que el año pasado. Creo que éso es lo único que sigue inalterable de mi antigua vida, de mi antiguo mundo. Los niños que entran al instituto cada año serán más bajitos. Echo un vistazo al pasado, al primer día de cuarto, e intento adivinar qué hace que todo ésto sea distinto. Y al recordarlo, me veo a mí misma buscando el aula, pero voy acompañada. Sandra. Sandra me ayudó tanto a integrarme. La echo de menos. La echo demasiado de menos. Ella era todo lo contrario a mí. Yo, la chica tímida, ella tan extrovertida, tan divertida, tan valiente, y yo siempre tan pequeña a su lado, tan insignificante.
Paso rápidamente entre los chicos de primero y segundo. Y avanzo por delante de la clase de los de tercero. Ellos son los únicos que están ya dentro del aula. A cuarto solamente han llegado dos alumnas, que esperan impacientes al resto de compañeros. La puerta está entreabierta, y yo, no puedo evitar clavar los ojos en el pupitre que compartía con Sandra. Sandra... Sandra... Sandra. ¿Cómo estará? ¿Seguiremos siendo mejores amigas? La veo al final del pasillo, y está sola. Supongo que estará esperándome para entrar. Aligero el paso. Sonrío. Parece que seguimos siendo las mismas, después de todo. Pero entonces, aparece alguien más. Es nueva en el instituto. Las dos se sonríen y se abrazan al encontrarse. Seguramente sea nueva incluso en la ciudad. Mi corazón se rompe cuando las dos entran en el aula juntas. Y bueno, la parte buena es que ya he encontrado la que será mi aula.
Y ya estoy dentro también yo. Hay como cinco o seis alumnos nuevos, que se han sentado todos juntos en la parte izquierda, al final del aula. Sandra y la chica nueva comparten el pupitre central de la primera fila. El resto de compañeros parece haber encontrado ya su sitio. Menos yo. Yo nunca he tenido algo tan mío, tan acogedor, tanta gente a mi alrededor como para poder llamarlo "mi sitio". Porque sí, he estado rodeada de gente en clase, seis horas al día, físicamente. Pero mi mente, mi yo de verdad estaba en otro lugar bien lejos. Cojo el único sitio que queda libre, al final de la fila central, el último pupitre. Es tan triste todo que ni siquiera tengo un compañero.
Llega el momento de las presentaciones. Una profesora bastante menuda acaba de entrar al aula. Se presenta.
-Hola, chicos. Me llamo Esther y voy a ser vuestra tutora y profesora de Lengua. A algunos de éste aula los conozco ya de otros años, pero hay demasiadas caras nuevas, así que os voy a pedir que os presentéis a todos. Empezamos por aquí.- Dice, señalando a la fila derecha del aula. Un chico se pone en pie. Conozco su nombre, así que dejo de prestar atención hasta que le toca presentarse a la compañera de Sandra.
-Hola, me llamo Ángela, aunque todos podéis llamarme Angy. Bueno, haber... Tengo dieciséis años, vengo de un pueblecito que seguramente ninguno conoceréis al norte de España. Y no sé, ya.- Se presenta, nerviosa. Titubea como yo. Sandra se busca a sus mejores amigas iguales.
El resto de gente nueva son Iván; un chico que lleva la cabeza llena de rastas y viste ropa bastante ancha, Nacho; un chico bastante guapo que lleva puesta una camiseta de un equipo de baloncesto, Marco; un chico normal y corriente, Lidia; una chica bastante guapa y que también parece bastante tímida, y su compañera Érica, una chica pelirroja teñida que lleva una camisa de cuadros y unos leggings.
La presentación termina, y la profesora va repartiendo una hoja con el horario de clases impreso. Cuando llega a mi pupitre y deja la hoja me sonríe, y yo interpreto ésa sonrisa como si me estuviera diciendo "Bienvenida al infierno, Celia". Y ésa clase termina, y todos volvemos a casa. He sobrevivido al primer día de clase, como si el resto fueran a ser tan fáciles y rápidos.