Supongo que fue hace mucho éso de que dejamos de ir a la piscina, así a secas.
Supongo que fue hace meses que el verano dejó de ser verano. Y no, no dejó de ser verano a partir del último día que estuvimos en la playa. Dejó de ser verano a partir de la última vez que rocé sus labios. Es una teoría extraña, ¿no crees? Tan extraña que incluso daña éso de que la distancia de su cuerpo y el mío pueda ocasionar inviernos. Quizás es por éso que estoy escribiendo ésto, cobijada bajo una manta sentada en mi cama, calentita, con la libreta apoyada en las rodillas, exactamente donde él apoyó la cabeza aquella noche en la que ninguno de los dos podíamos dormir. Quiero liberar mi cuerpo de su calor, de su dolor. De su ausencia, que corta como el cristal. Y son casi las cinco de la mañana, y aún no he podido pegar ojo. Y mañana es el primer día, ¿sabes? A pesar de ser el mismo instituto de siempre, me parece un lugar repleto de desconocidos. Como ya sabrás, en éstos meses me distancié de todos por él. Puse un muro que nos separaba del mundo, y es que no quería que nadie entrara en lo nuestro, que nadie lo rompiera. Hasta Sandra y yo nos hemos distanciado. No tengo ni idea de nada de lo que ella habrá vivido en éstos meses y me duele. Antes de que todo ésto pasara, antes de que yo perdiera la cabeza por él, antes de que perdiera la sonrisa y mucho antes de los cortes que hoy esconden mis pulseras, ella y yo éramos uña y carne y hoy,... Hoy, después de tanto, después de éste verano, del entierro, no somos más que dos desconocidas. Estoy llorando, joder... Lo mejor será que me vaya a dormir, antes de terminar haciendo alguna gilipollez. Pero te seguiré contando mañana, ¿vale?
Buenas noches,
Celia.
------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Sin duda el instituto está distinto éste año. ¿O seré yo, que estoy creciendo? Quiero decir, ya no soy una niña. Terminé la ESO el curso pasado, y ahora estoy en el bachiller de Humanidades. Y no, a mi alrededor no faltan mochilas enormes con piernas, y hablo de los chicos de primero. Creo que éso es lo único que sigue igual que el año pasado. Creo que éso es lo único que sigue inalterable de mi antigua vida, de mi antiguo mundo. Los niños que entran al instituto cada año serán más bajitos. Echo un vistazo al pasado, al primer día de cuarto, e intento adivinar qué hace que todo ésto sea distinto. Y al recordarlo, me veo a mí misma buscando el aula, pero voy acompañada. Sandra. Sandra me ayudó tanto a integrarme. La echo de menos. La echo demasiado de menos. Ella era todo lo contrario a mí. Yo, la chica tímida, ella tan extrovertida, tan divertida, tan valiente, y yo siempre tan pequeña a su lado, tan insignificante.
Paso rápidamente entre los chicos de primero y segundo. Y avanzo por delante de la clase de los de tercero. Ellos son los únicos que están ya dentro del aula. A cuarto solamente han llegado dos alumnas, que esperan impacientes al resto de compañeros. La puerta está entreabierta, y yo, no puedo evitar clavar los ojos en el pupitre que compartía con Sandra. Sandra... Sandra... Sandra. ¿Cómo estará? ¿Seguiremos siendo mejores amigas? La veo al final del pasillo, y está sola. Supongo que estará esperándome para entrar. Aligero el paso. Sonrío. Parece que seguimos siendo las mismas, después de todo. Pero entonces, aparece alguien más. Es nueva en el instituto. Las dos se sonríen y se abrazan al encontrarse. Seguramente sea nueva incluso en la ciudad. Mi corazón se rompe cuando las dos entran en el aula juntas. Y bueno, la parte buena es que ya he encontrado la que será mi aula.
Y ya estoy dentro también yo. Hay como cinco o seis alumnos nuevos, que se han sentado todos juntos en la parte izquierda, al final del aula. Sandra y la chica nueva comparten el pupitre central de la primera fila. El resto de compañeros parece haber encontrado ya su sitio. Menos yo. Yo nunca he tenido algo tan mío, tan acogedor, tanta gente a mi alrededor como para poder llamarlo "mi sitio". Porque sí, he estado rodeada de gente en clase, seis horas al día, físicamente. Pero mi mente, mi yo de verdad estaba en otro lugar bien lejos. Cojo el único sitio que queda libre, al final de la fila central, el último pupitre. Es tan triste todo que ni siquiera tengo un compañero.
Llega el momento de las presentaciones. Una profesora bastante menuda acaba de entrar al aula. Se presenta.
-Hola, chicos. Me llamo Esther y voy a ser vuestra tutora y profesora de Lengua. A algunos de éste aula los conozco ya de otros años, pero hay demasiadas caras nuevas, así que os voy a pedir que os presentéis a todos. Empezamos por aquí.- Dice, señalando a la fila derecha del aula. Un chico se pone en pie. Conozco su nombre, así que dejo de prestar atención hasta que le toca presentarse a la compañera de Sandra.
-Hola, me llamo Ángela, aunque todos podéis llamarme Angy. Bueno, haber... Tengo dieciséis años, vengo de un pueblecito que seguramente ninguno conoceréis al norte de España. Y no sé, ya.- Se presenta, nerviosa. Titubea como yo. Sandra se busca a sus mejores amigas iguales.
El resto de gente nueva son Iván; un chico que lleva la cabeza llena de rastas y viste ropa bastante ancha, Nacho; un chico bastante guapo que lleva puesta una camiseta de un equipo de baloncesto, Marco; un chico normal y corriente, Lidia; una chica bastante guapa y que también parece bastante tímida, y su compañera Érica, una chica pelirroja teñida que lleva una camisa de cuadros y unos leggings.
La presentación termina, y la profesora va repartiendo una hoja con el horario de clases impreso. Cuando llega a mi pupitre y deja la hoja me sonríe, y yo interpreto ésa sonrisa como si me estuviera diciendo "Bienvenida al infierno, Celia". Y ésa clase termina, y todos volvemos a casa. He sobrevivido al primer día de clase, como si el resto fueran a ser tan fáciles y rápidos.
------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Sin duda el instituto está distinto éste año. ¿O seré yo, que estoy creciendo? Quiero decir, ya no soy una niña. Terminé la ESO el curso pasado, y ahora estoy en el bachiller de Humanidades. Y no, a mi alrededor no faltan mochilas enormes con piernas, y hablo de los chicos de primero. Creo que éso es lo único que sigue igual que el año pasado. Creo que éso es lo único que sigue inalterable de mi antigua vida, de mi antiguo mundo. Los niños que entran al instituto cada año serán más bajitos. Echo un vistazo al pasado, al primer día de cuarto, e intento adivinar qué hace que todo ésto sea distinto. Y al recordarlo, me veo a mí misma buscando el aula, pero voy acompañada. Sandra. Sandra me ayudó tanto a integrarme. La echo de menos. La echo demasiado de menos. Ella era todo lo contrario a mí. Yo, la chica tímida, ella tan extrovertida, tan divertida, tan valiente, y yo siempre tan pequeña a su lado, tan insignificante.
Paso rápidamente entre los chicos de primero y segundo. Y avanzo por delante de la clase de los de tercero. Ellos son los únicos que están ya dentro del aula. A cuarto solamente han llegado dos alumnas, que esperan impacientes al resto de compañeros. La puerta está entreabierta, y yo, no puedo evitar clavar los ojos en el pupitre que compartía con Sandra. Sandra... Sandra... Sandra. ¿Cómo estará? ¿Seguiremos siendo mejores amigas? La veo al final del pasillo, y está sola. Supongo que estará esperándome para entrar. Aligero el paso. Sonrío. Parece que seguimos siendo las mismas, después de todo. Pero entonces, aparece alguien más. Es nueva en el instituto. Las dos se sonríen y se abrazan al encontrarse. Seguramente sea nueva incluso en la ciudad. Mi corazón se rompe cuando las dos entran en el aula juntas. Y bueno, la parte buena es que ya he encontrado la que será mi aula.
Y ya estoy dentro también yo. Hay como cinco o seis alumnos nuevos, que se han sentado todos juntos en la parte izquierda, al final del aula. Sandra y la chica nueva comparten el pupitre central de la primera fila. El resto de compañeros parece haber encontrado ya su sitio. Menos yo. Yo nunca he tenido algo tan mío, tan acogedor, tanta gente a mi alrededor como para poder llamarlo "mi sitio". Porque sí, he estado rodeada de gente en clase, seis horas al día, físicamente. Pero mi mente, mi yo de verdad estaba en otro lugar bien lejos. Cojo el único sitio que queda libre, al final de la fila central, el último pupitre. Es tan triste todo que ni siquiera tengo un compañero.
Llega el momento de las presentaciones. Una profesora bastante menuda acaba de entrar al aula. Se presenta.
-Hola, chicos. Me llamo Esther y voy a ser vuestra tutora y profesora de Lengua. A algunos de éste aula los conozco ya de otros años, pero hay demasiadas caras nuevas, así que os voy a pedir que os presentéis a todos. Empezamos por aquí.- Dice, señalando a la fila derecha del aula. Un chico se pone en pie. Conozco su nombre, así que dejo de prestar atención hasta que le toca presentarse a la compañera de Sandra.
-Hola, me llamo Ángela, aunque todos podéis llamarme Angy. Bueno, haber... Tengo dieciséis años, vengo de un pueblecito que seguramente ninguno conoceréis al norte de España. Y no sé, ya.- Se presenta, nerviosa. Titubea como yo. Sandra se busca a sus mejores amigas iguales.
El resto de gente nueva son Iván; un chico que lleva la cabeza llena de rastas y viste ropa bastante ancha, Nacho; un chico bastante guapo que lleva puesta una camiseta de un equipo de baloncesto, Marco; un chico normal y corriente, Lidia; una chica bastante guapa y que también parece bastante tímida, y su compañera Érica, una chica pelirroja teñida que lleva una camisa de cuadros y unos leggings.
La presentación termina, y la profesora va repartiendo una hoja con el horario de clases impreso. Cuando llega a mi pupitre y deja la hoja me sonríe, y yo interpreto ésa sonrisa como si me estuviera diciendo "Bienvenida al infierno, Celia". Y ésa clase termina, y todos volvemos a casa. He sobrevivido al primer día de clase, como si el resto fueran a ser tan fáciles y rápidos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario