jueves, 3 de abril de 2014

Capítulo uno: Lo que fue de Jaime.

Y aún recuerdo el momento en que comenzó a brillar el sol. Aún recuerdo el día en el que mi vida acabó, el día en que cambió el mundo. Para ti y para los tuyos no. Para ti fue un día normal y corriente, un día de celebración de tus éxitos, el día en que te entregaban las notas, con todo aprobado, con notas excelentes. Para mí, aquel día marcó un antes y un después en mi vida. Yo lo único que entendía por riesgo, era el cosquilleo ése que pasa por tu barriga cuando comienzas a copiarte en un examen. Yo lo único que entendía por amor era aquello que sentía por Jaime. Ay, Jaime. ¿Dónde estarás? Recuerdo también la última vez que lo vi, y mira tú por dónde, hoy me apetece hablar de ello. Jaime era mi mejor amigo. Ni siquiera pude decirle que le quería, ni siquiera pude aclararle que todo lo ocurrido para mí no fue un error. Ésto que ahora mismo estoy recordando, el último abrazo que nos dimos sin saber que sería el último. Fue en el mes de Febrero cuando todo éso que fuimos se rompió. Ahí, si es que lo he sido alguna vez en la vida, yo era una buena estudiante. Él era la parte buena de mi vida, mi buena influencia, mi ángel de la guarda. 

-Sandra, ¿sabes qué?- Le susurré a mi compañera de pupitre. Jaime estaba en la pizarra. Por aquel entonces, éramos los tres mejores amigos del planeta, y como era de esperar, nuestra amistad iba a ser una de ésas que ni el tiempo ni nada estropearía.
Sandra estaba embobada mirando a Jaime.
-¡Sandra!- Exclamé, levantando un poco el tono de voz.
Y ella no se enteró. Estaba concentrada, muy concentrada para estar en clase de matemáticas. No miraba el problema que Jaime estaba resolviendo en la pizarra, no copiaba el resultado a pesar de no haberlos hecho, no. Su mirada era la de quien ama en silencio. Y supe que no había mejor manera de morir que la de amar en silencio. Y yo... Yo la acabaría matando de dolor si algún día le confesaba que estaba empezando a sentir cosas por Jaime.
-¿Has dicho algo?- Me preguntó, volviendo en sí.
Yo negué con la cabeza.

Jaime era el mejor amigo que alguien pudiera tener. Fiel, sincero, cariñoso, divertido. Y era guapo. Ahora que lo pienso, tan guapo que no podría estar con semejante bicho raro como yo. Él pegaba más con Sandra. Y aunque doliese, tuve que aceptarlo. Y dolió. Lo pasé fatal. Enamorada del chico del que mi mejor amiga también lo estaba. Enamorada de mi mejor amigo. Y solo yo sé el final de ésa historia. Y ahora también tú lo sabrás, pero tienes que guardarme el secreto: Sandra no puede enterarse. Sé que puedo confiar en ti. Ocurrió semanas antes de que llegase Febrero. Una noche, sin saber por qué, una cosa llevó a la otra. Destino, creo que lo llaman. Bueno, en éste caso el destino cruel. Nos pillaron. Sus padres. Juntos en la cama. Sus padres a mí me odiaban, aunque nunca entendí por qué. 

-Túmbate a mi lado, anda.- Me dijo Jaime, ya tumbado en su cama. Aquel día, habíamos quedado para estudiar matemáticas, él iba a ser mi profesor particular, pero le apetecía descansar un rato antes de empezar.
-¿Y si entran tus padres?- Le pregunté.
-Mis padres nunca entran, tranquila.- Me aseguró él. Yo estaba sentada en el borde de la cama, y él me acarició la espalda.
-¿Seguro?- Insistí.
-Seguro. Qué bonita estás cuando te enfadas.
Yo sonreí. Como para no hacerlo con él cerca.
-Y cuando sonríes. Cuando sonríes también, niña.- Dijo él.
-Calla y vamos a estudiar.
-No. Hazme feliz y túmbate conmigo.- Me pidió, imitando la voz de un niño de cinco años.
Y me dio en los dos puntos débiles. Hacerle feliz y su voz de niño pequeño. Y accedí. Aunque me hubiera pedido que le bajara una estrella, si era con ésa voz, acabaría haciendo lo posible y lo imposible porque el niño tuviera su estrella.
Nos tumbamos los dos bocabajo, y él puso su mano en mi espalda.
-Me duele.- Me quejé.
Él apartó la mano. Él nunca me haría daño.
-La mochila, que pesa demasiado cada día, y me duele la espalda.- Especifiqué.
-Déjame hacerte un masaje.- Se ofreció.
Yo negué con la cabeza.
-Hazme feliz y déjame que te haga un masaje.
Sonreí. Cabrón.
Me mordí el labio.
Él se incorporó y se sentó sobre mi trasero, haciéndome un masaje sobre la camiseta.
-Mejor sin camiseta.- Dijo. Me la levantó un par de centímetros, me dio un beso en la espalda y se levantó para dejarme que me quitara la camiseta. -Te quiero.- Susurró.
Me levanté, y me quité la camiseta. ¿Por qué no? Había confianza.
Ahí no había, ni iba a haber, ni hubo sexo.
Me di cuenta cuando me la quité de que me había dicho "te quiero" y pude responderle, pero no lo hice. Pude hablar, pero no lo hice. Alguien nos observaba desde la puerta de su habitación. Su madre. Y nos separó.

Y ahora, quizás sí lo entiendo. Sandra era la novia perfecta para su hijo, yo no. Yo, a ojos de su madre era una arpía que quería separarlos. Y ella nos separó a nosotros. Cambió a su hijo de instituto, y la familia entera acabó mudándose, nunca supe a dónde, pero de un segundo a otro, Jaime sólo existía en mi mente. Los dos acordamos que le diríamos a Sandra que se mudaban por cuestiones de trabajo, para que ella nunca se sintiera traicionada, a pesar de que nunca fueron novios. Algunas noches como ésta, me pregunto qué significaba realmente ése "te quiero" que me dijo. Y aquel último abrazo, cuando se escapó de casa y vino a buscarme a la salida de clase solo para decirme que estaría bien, y que nunca lo olvidase. Yo le dije que aquello de quitarme la camiseta delante de él había sido un error, pero no. Nunca fue un error. Mi error fue no decirle que le quería antes de perder el contacto con él para siempre.
Me voy a dormir ya,
                                 Celia.

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