sábado, 5 de abril de 2014

Capítulo cuatro: Érase una vez un mal comienzo.

-¡¿Que has suspendido cuatro?!- Grita mi madre, enfadada desde la cocina cuando entro en mi casa.
-¿Cómo has podido suspender tantas, David, hijo mío?- Le reprocha mi padre, desde el salón.
Son algo así como las once y media de la mañana, y todavía no han visto mis notas... Cuando las vean, les va a dar un infarto, seguro. 
-Ya estoy en casa.- Grito yo, intentando que dejen a mi hermano en paz.
David es el mejor hermano del mundo mundial. Él es solo un año mayor que yo, sin embargo, siempre me ha protegido y tratado como una reina, cuando me reñían a mí incluso él hacía algo peor que yo para que me dejaran en paz, es lo mínimo que puedo hacer yo ahora.
-¿Cuántas, Celia?- Pregunta mi madre a gritos desde la cocina.
-¿Has suspendido alguna, cariño?- Me pregunta mi padre, él siempre ha sido más tranquilo que mi madre, y también más cariñoso. 
Por fin han dejado a mi hermano en paz. Yo no respondo, camino hasta el salón y dejo el boletín de las notas sobre la mesa, delante de mi padre.
Él se persigna antes de mirarlas, y cuando termina, su cara está pálida.
Mi padre comienza a gritarme como nunca lo ha hecho antes, mi madre sale de la cocina, coge el boletín, mira las notas con los ojos como platos y cuando descubre que he suspendido siete de nueve asignaturas me da una bofetada.
-Tenemos que hacer algo para escarmienten, María.- Le dice mi padre a mi madre.
Mi madre solloza delante mía.
-David, sal de tu cuarto ahora mismo.- Le ordena mi padre a mi hermano gritando.

Yo me quedé pasmada. Aquella era la primera vez que mi madre me daba una bofetada. Y a partir de ése momento, nuestra relación cambió. Antes, cuando tenía algún problema recurría siempre a mamá, la buena de mamá, la mejor madre del mundo, sin embargo, desde ése momento mi madre pasó de ser una amiga más, mi confidente, a ser sólo la mujer que tiene la obligación de cuidarme hasta que yo sea mayor de edad y coja mis maletas, mis cosas y me vaya de su vida para siempre. Cuando salió mi hermano, mi padre nos dijo que estábamos castigados todo el verano, que nos iríamos a casa de su hermano, que le ayudaríamos a todo lo que necesitase, que íbamos a aprender lo que era ganarse la vida. Yo le pregunté si podía llamar a Sandra, él negó con la cabeza. Mi hermano y yo nos quedamos helados, paralizados, de piedra. Y supongo que aquella mala decisión de mi padre nos llevó a tener un verano realmente increíble, así como un final realmente desastroso. Hicimos nuestras maletas rápidamente y para cuando cayó el sol, nosotros ya habíamos partido, los cuatro, a un pueblo costero perdido de la mano de Dios, yo pasé todo el camino abrazada a mi hermano llorando. Me sentía cobijada sin duda entre sus brazos, como si alguien me entendiera. Y era cierto, me entendía. Los dos estábamos viviendo lo mismo, y a los dos nos estaban arrancando el verano, los amigos, las fiestas, todos los planes que teníamos y a mí me estaban arrancando del corazón, de las entrañas mi amistad con Sandra. Nunca jamás pude decirle que me había ido, y te preguntarás que por qué no la llamé; mi padre también nos quitó los teléfonos a David y a mí. Recuerdo que hubo un momento en el que dejé de llorar, y simplemente me quedé dormida. Ahí, cobijada entre los brazos de David. Suerte es lo que tendría la chica que lograra enamorarlo, y suerte es lo que tuvo Rocío. Mi hermano era el mejor hermano del mundo, y ése verano descubrí que podía ser el mejor confidente del mundo, y estoy segura de que también el mejor novio del mundo. 
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Me despertó el amanecer, o la música que comenzó a sonar desde la radio, o quizás fue la brisa, que se colaba desde la ventanilla que David había abierto. Y llegamos al pueblo. Y al rato a la casa de mi tío. Ahí, apartada de todo, en mitad de dios sabe dónde. Era una casa bastante grande, de dos plantas, con un patio exterior lleno de plantas rodeado por una valla altísima. El patio también contaba con piscina. 

Mi padre toca el claxon varias veces, para que su hermano sepa que hemos llegado. Supongo que lo avisaría anoche y que él aceptó tenernos como esclavos durante todo el verano.
Mi hermano me abraza más fuerte cuando la puerta de la casa se abre y aparece un hombre bajito, calvo y regordete. Le brilla la calva a la luz del amanecer. Me río yo misma de mi pensamiento. El hombre abre también la puerta de la valla metálica y se aproxima a nuestro coche. Es idéntico a mi padre, sólo que bastantes años mayor que él. Siento miedo; éste hombre tiene pinta de estar amargado.
-Bajaos del coche y coged vuestras maletas.- Es lo primero que dice, como si nos conociera de toda la vida. Mi hermano se separa de mí y se baja del coche, él siempre ha sido de obedecer sin rechistar.
-Mamá, ¿no te parece ridícula la situación de que nos enviéis a David y a mí a vivir con un viejo al que no vemos posiblemente desde nuestra primera comunión?- Pregunto.

Y aquella fue la última vez en mi vida en que la llamé mamá, y claro que el verano acabó, y claro que el matrimonio y la convivencia de ellos dos se acabó, y claro que se separaron, y claro que mi madre necesitó mi apoyo, que yo la abrazara las noches en las que ella lloraba sola en su cama, pero no lo hice. Nunca lo hice.
Ése hombre me ordenó a gritos que me bajara del coche y cogiera mis putas maletas. Y "putas" lo dijo él, no yo. Y mi hermano se le quedó mirando mal. Sé que si me hubiera faltado al respeto directamente a mí o me hubiera tocado, mi hermano le abría partido los dientes. 
Yo obedecí, me bajé resoplando del coche, pegué un portazo, cogí mis cosas y pasé furiosa al interior del patio. Tan furiosa que lloraba en silencio. Mi primer pensamiento fue escapar. David y yo nos escaparíamos. 

-¿Dónde está la tele?- Pregunto yo nada más entrar y dejar las maletas tiradas en el salón.
Mi tío va detrás de mí, y detrás de él David.
-Te equivocas si crees que éstas van a ser unas vacaciones de ensueño, Celia.- Dice él, enfadado.
-No quiero estar aquí como comprenderás, y lo único que puede hacer ésto más ameno es ver la tele, así que dime ya dónde está.- Ordeno. Estoy enfadada. Mucho. Y grito. Mucho.
Mi hermano se queda paralizado.
-¿No hay tele? Está claro que nuestros padres quieren amargarnos.- Se queja él.
-No, no hay tele. Podéis vivir sin tele ni teléfono móvil.
-¿Incomunicada en un pueblo de mierda viviendo tres meses con un viejo gruñón? Ahora entiendo bien por qué...- Estoy a punto de gritarle "y ahora entiendo por qué tu mujer se suicidó", pero me callo. Aguanto. Cojo aire. Estoy a punto de echarme a llorar.
-¿Ahora entiendes bien el qué?- Me pregunta levantándome la mano, amenazante.
Yo miro a David, y David me mira a mí.
Él no hace nada. No me defiende.
-¿Cuál es mi cuarto?- Pregunto, intentando contener el llanto, la rabia.
-Nada más subir las escaleras, la primera puerta a mano izquierda.- Me indica.
Yo dejo las maletas ahí tiradas.
Comienzo a subir las escaleras, que ascienden pegadas a una de las paredes del fondo.
-Celia, recoge las maletas.- Me ordena.
Yo no digo nada. Dejo las maletas ahí. Y subo lentamente las escaleras, como desafiándole. Y me encierro en el que será mi dormitorio; un cuarto pequeño.

-¿Vamos a escaparnos ésta noche?- Le pregunto al cabo de un rato a mi hermano, que ha entrado en mi cuarto.
Él no responde. Se queda pensativo.
-Siento haberte arrastrado aquí por mis malas notas.- Se disculpa.
Yo lo abrazo, y él rompe a llorar. Y yo no logro entender por qué.

La primera razón para no irme fue David, que en cuanto anocheció decidió que lo mejor sería que nos quedáramos, la segunda la aparición en mi vida de dos personas totalmente nuevas, aunque éso fue al día siguiente en el mercado. Podré haber olvidado mil detalles de ése día, estoy segura. Pero su sonrisa, los dos cogidos de la mano como los mejores amigos que eran, su sonrisa sí que no la he olvidado. Se me eriza la piel en cuanto lo pienso.  

No hay comentarios:

Publicar un comentario