lunes, 7 de abril de 2014

Capítulo cinco: El gran tsunami.

Ha pasado demasiado tiempo desde aquel día, pero recuerdo perfectamente lo que estaba soñando cuando mi tío me despertó. Yo era la única persona que estaba en el sueño. Me rodeaban cuatro paredes blancas muy altas, y ésas paredes poco a poco estaban más juntas, cada vez había menos suelo, y tenía menos espacio para moverme. El techo tan solo era la oscuridad de una noche estrellada. Hasta que me aplastaron. En el sueño no moría, en el sueño solamente me veía aplastada, cada vez más pequeña, cada vez más doblada, y las paredes se iban acercando más y más hasta que...

-¡HORA DE DESPERTARSE!- Grita mi tío desde la puerta. 
Yo me levanto sobresaltada. Estoy toda sudada. 
Supongo que anoche me quedé dormida hablando con David, porque sigo llevando la misma ropa que ayer. No comí nada en todo el día, y me muero de hambre. Me encerré en mi cuarto, enfadada y allí pasaron las horas, así pasó el día entero.
Miro las paredes buscando el reloj azul que colgaba de una de las paredes de mi cuarto de antes, pero no está. Seguro que estará en las maletas.
-¿Qué hora es?- Murmuro, agotada aún.
-Las siete de la mañana casi.- Responde.
-Quiero seguir durmiendo...- Me quejo.
-¡Arriba!- Me ordena él.
-He dicho que quiero seguir durmiendo.- Repito yo.
Entonces mi hermano se acerca por detrás de mi tío.
-¿Qué pasa? Son sólo las seis y media de la mañana.
-¡¿Las seis y media?! ¡DEJADME DORMIR!- Grito yo, histérica, y me tapo la cabeza con la manta.
Por unos segundos no escucho nada más que a mi tío bajando las escaleras, y a mi hermano cerrando de un portazo la puerta de su habitación. Y silencio. Y quiero dormir. Durante todo el verano.

Está claro que yo no sabía que acababa de empezar una vida nueva, en un sitio nuevo, donde nadie me conocía. Está claro que yo no sabía que para soñar no se necesita dormir, que los verdaderos sueños ocurren y se cumplen de repente. 

Noto frío. Me siento mojada. Tirito. Y me sobresalto, como si acabase de llegar a mi cama un maremoto de agua congelada. Como si viajase en el Titanic y éste se estuviera hundiendo en el mar helado.
Me levanto de un brinco de la cama y veo a mi tío con un cubo de plástico azul en las manos. Me ha tirado agua congelada en la cama. No puedo creerlo.
-¿Pero de qué vas, viejo?- Le pregunto, enfadada.
-Hoy no necesitas ducharte.- Bromea él.
Me dan ganas de abofetearlo.
-¡David, arriba!- Grita.
Y David sale de su cuarto.
-¿Qué quieres a éstas horas, tío?- Le pregunta, enfadado.
-Que os despertéis, hoy toca mercado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario