viernes, 4 de abril de 2014

Capítulo tres: Tres meses atrás.

Como cada vez que quedamos, voy a recoger a Sandra a su casa. Siempre me dice que le da miedo salir sola por si alguien la secuestra, así que pongo mi vida en juego yo y siempre voy sola hasta su casa. Son casi las cinco de la tarde, y ésta vez he sido puntual. Mes de Junio, día antes de recoger las notas. Un día para recordar, vaya que sí. ¡No voy a llegar tarde!
Camino deprisa, aún me quedan, calculo, unos cincuenta metros hasta la casa de Sandra. Y... Llego. Hemos quedado a las cinco, son las cuatro y cincuenta y ocho, así que me distraigo mirando el escaparate de la tienda de ropa que hay junto a su edificio. Qué diferente soy al resto de chicas, pienso. Ellas morirían por llevar en un día de calor como hoy una de ésas espantosas camisetas escotadas con estampado de flores que lucen los maniquís, y yo, con la camiseta que llevo soy la persona más feliz del mundo. Es una negra de manga corta con la inscripción en la parte delantera de "Melendi. Lágrimas desordenadas" y en la trasera "No pienses que estoy loca por vivir a mi manera". Sí, Melendi es mi cantante favorito, es más que éso, es... Es mi héroe, su música lleva salvándome desde la primera vez en la que realmente me paré a escucharlo. Porque sí, podría decir que llevo toda la vida escuchándolo, pero no es así. Llevo desde pequeñita oyéndolo, escuchándolo sin embargo desde hace dos o tres años.
Y ya es la hora. Toco al telefonillo y Sandra enseguida baja.
-Hola.- Me saluda, sonriente. Y ambas nos fundimos en un abrazo. Parece mentira, si hace sólo unas horas desde que nos hemos visto en clase, pero así somos ella y yo. Inseparables.
-¿Dónde vamos?- Le pregunto en cuanto nos separamos.
Ella sonríe. Por un segundo siento algo extraño en su sonrisa. Como si no fuese verdadera, como si escondiera algo. Y también yo sonrío, cuando en realidad me apetece llorar con sólo pensar que mi mejor amiga puede estar ocultándome algo.
-Vayamos al banco de las despedidas.
-¿Al banco de las despedidas?- Pregunto extrañada.
Ella asiente. El banco de las despedidas es un banco solitario de madera alejado del parque al que no solemos ir. A ése banco solamente va la gente a recibir o a dar una mala noticia, todo el mundo aquí lo sabe.
Caminamos juntas, en silencio. Durante unos veinte minutos más o menos. Lo único que digo es "¿es muy mala la noticia?" y ella se encoge de hombros. Y está a punto de llorar. Y es mi mejor amiga. Y no puedo abrazarla, porque no quiero que llore.
Y llegamos al banco, y nos sentamos.
Y yo guardo silencio.
Y ella empieza a hablar.
-Haber, Celia... Tú sabes que mi hermana sabe leer el Tarot, ¿no?
Yo asiento con la cabeza. Su hermana es buenísima leyendo las cartas a la gente.
-He preguntado por nuestra amistad, y las cartas le han dicho que está a punto de pasar por un mal trago que puede distanciarnos para siempre, o al menos, por un tiempo, y que hagamos lo que hagamos, éso ocurrirá...

Su voz temblaba, lo recuerdo bien, ella estaba acojonada. Y yo también. Y empezó a llorar, ni siquiera terminó de decirme todo lo que le habían mostrado las cartas. Yo la abracé fuerte y le prometí mil veces que ella y yo nunca nos íbamos a separar, que la quería demasiado como para que algo nos ocurriese. Y como ya sabes, por mucho que nos quisiéramos la una a la otra, antes o después ocurrió, y éso fue un día después. El gran día de las notas.

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